Esto era una partida de ajedrez en el despiadado mundo de los negocios.
El primero en dejar que sus verdaderas emociones se asomaran al rostro, perdía.
Por supuesto, el silencio en la sala indicaba que ambos bandos estaban calculando sus próximos movimientos.
Esa tensión también significaba que, por hoy, las negociaciones habían terminado.
Todos lo entendieron a la perfección.
Sin embargo, Fabio Serrano se quedó en su asiento, con la mirada clavada en Vanesa. —¿Tendré el honor de invitar a la Directora Arias a comer este mediodía?
—El señor Serrano ha venido de visita, así que, naturalmente, la anfitriona debo ser yo. Después de todo, estamos en Monterrey —respondió Vanesa con una sonrisa diplomática, manteniendo el control de la situación—. La próxima vez que tenga la oportunidad de viajar a Jalapa, dejaré que usted pague la cuenta.
—Me parece bien —aceptó Fabio sin rodeos.
Los presentes en la sala de juntas comenzaron a levantarse.
Vanesa asintió a modo de despedida y se puso de pie con elegancia.
Para ella, aceptar la comida no era más que una formalidad, una simple cortesía corporativa entre ambos equipos. No lo veía como una cita a solas con Fabio Serrano.
Por eso, no le dio mayor importancia.
En cuestión de segundos, Vanesa abandonó la sala.
Fabio, en cambio, no tenía ninguna prisa. La secretaria de Vanesa no tardó en informarle a Carlos Medina la hora y el lugar de la cena.
Carlos levantó la vista de su tablet y miró a su jefe. —Señor Serrano, la Directora Arias ya ha reservado el restaurante y la hora. Está muy cerca del hotel.
Fabio emitió un leve sonido de confirmación.
Solo entonces, ambos salieron de la sala con paso tranquilo.
Una vez dentro del auto, Carlos fue directo al grano: —Señor Serrano, si IGM exige tener el control absoluto de las decisiones, creo que no deberíamos seguir adelante con esta alianza.
Fabio lo miró de reojo, pero no dijo nada.
—Los costos hundidos del Grupo Serrano ya son demasiado altos. Para este proyecto, tendríamos que inyectar al menos trescientos millones de dólares. Si IGM toma las riendas y decide exprimirnos, el Grupo Serrano quedará en una posición sumamente vulnerable —explicó Carlos, siendo brutalmente honesto.
Fabio conocía esa realidad a la perfección.
Esperó a que su asistente terminara de hablar antes de preguntar con voz pausada: —¿Existe alguna otra compañía, además de IGM, con la que el Grupo Serrano pueda asociarse?
—Si no la hay, ¿tienes una alternativa mejor? —insistió Fabio.
—No, señor... —admitió el asistente en voz baja.
Solo entonces, Fabio habló con absoluta frialdad: —Como no hay más opciones, IGM es nuestra única salida. Ella lo sabe muy bien. Si no, jamás se habría atrevido a exigir el control, ¿no crees?
Carlos no supo qué contestar. Simplemente miró a su jefe, comprendiendo la gravedad del asunto.
—Si IGM quiere el control, entonces el Grupo Serrano debe exigir que se conviertan en socios accionistas, no en simples proveedores de tecnología. IGM no tiene escasez de clientes, pero corporaciones del tamaño de la nuestra hay pocas. Tenemos que arrastrarlos al mismo barco para que asuman el mismo riesgo. Esa será la clave de la negociación —sentenció Fabio, revelando su estrategia.
Carlos comenzó a tomar notas a toda velocidad.
Después de la cena, ambos equipos entrarían en una nueva y brutal ronda de negociaciones.
—Esta vez, yo mismo lideraré las negociaciones —declaró Fabio con firmeza.
Carlos parpadeó, sorprendido. Por un instante, no entendió el motivo detrás de esa decisión.
Pero un segundo después, lo comprendió todo.

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