Vanesa guardó silencio.
Pero era la pura verdad.
Fabio la había acorralado.
Supuestamente la decisión era suya, pero, ¿acaso tenía otra opción? No.
Había sido arrastrada paso a paso hacia un callejón sin salida, sin margen de maniobra.
Estaba completamente devastada.
Ante su mutismo, el silencio en la línea se volvió aún más denso.
—Vane... —llamó Julián, su voz cargada de urgencia.
Pero ella lo interrumpió de golpe.
—Julián, entiendo lo que intentas hacer, pero de verdad no puedo. Sé que las probabilidades de éxito de la cirugía son ínfimas, pero si es el Profesor Éxers quien la opera, tenemos garantizado un setenta por ciento. No puedo darle la espalda a eso. Cuando pienso en lo que Paz sufrió de bebé... no puedo perdonarme. Si no fuera por mí, ella no estaría pasando por esto, ¿verdad?
Hablaba rápido, ahogada en una mezcla de desesperación y culpa.
—Vane —la voz de Julián seguía firme y racional—. Fabio no tiene todas las cartas a su favor. No olvides que ahora tú estás al mando del Grupo Serrano. Él no se quedará de brazos cruzados viendo cómo su empresa se hunde, ¿o sí?
Intentaba inyectarle un poco de cordura.
Pero no funcionó.
Claro que ella sabía eso.
Dejó escapar una risa amarga y desprovista de toda esperanza.
—Julián, es una apuesta que no puedo perder. ¿Lo entiendes?
Conocía demasiado bien a Fabio.
Si él se atrevía a caminar directo hacia el fuego, era porque ya tenía un plan para no quemarse.
Eso demostraba que no estaba actuando a ciegas.
Lo que aterraba a Vanesa era no saber qué as bajo la manga escondía.
Si se equivocaba, la que terminaría destrozada sería ella, no Fabio.
Y, en el proceso, arruinaría la vida de Paz para siempre.


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