La indulgencia de Vanesa hacia la niña era tal, que hasta la propia Clarissa le había recriminado que la estaba malcriando.
Por eso, Paz jamás imaginó que Vanesa le diría que no.
Vanesa la miró fijamente y, con un tono impasible, dijo:
—Entonces ve a comer con Fabio. Yo me voy a casa. Cuando termines, él te puede llevar, o mando al chofer a buscarte. Lo que prefieras.
Y, sin añadir una palabra más, se dio la vuelta dispuesta a marcharse.
En todos esos años, era la primera vez que Vanesa dejaba que sus propias emociones afectaran la forma en que trataba a Paz.
No lo hacía con malicia; simplemente, había llegado a su límite.
Sabía que si se quedaba en ese lugar un minuto más, no respondería de sus actos.
Podía obligarse a fingir que todo estaba bien, claro que sí.
Pero el estallido posterior sería devastador.
Paz, con su aguda intuición infantil, notó el cambio al instante.
Vanesa estaba furiosa.
La niña hizo un puchero, sus ojitos llenándose de lágrimas por la confusión y la tristeza.
No estaba acostumbrada a los rechazos de su madre.
Corrió detrás de ella y la tomó de la mano.
—Vane, me voy contigo —murmuró, aterrorizada de que Vanesa la estuviera abandonando.
Vanesa no respondió.
En cambio, Fabio se levantó con el ceño fruncido y se interpuso en su camino.
Su mano, grande y firme, se cerró alrededor de la muñeca de Vanesa.
—¡No tienes por qué desquitarte con una niña! —soltó con voz profunda y autoritaria—. Es solo una cena, no nos tomará toda la noche.
Vanesa, que había estado usando cada gota de su fuerza de voluntad para no explotar, se quebró.
Frente a la audacia de Fabio, todo el resentimiento acumulado detonó en un instante.
Soltó una carcajada amarga y se zafó de su agarre con un tirón violento.
—¿Que yo me desquito con ella? —escupió Vanesa, con los ojos ardiendo de furia—. ¿Y tú? Usar a una niña como rehén para salirte con la tuya, ¿te parece el comportamiento de un hombre honorable?
Fabio endureció la mirada.
—¿Vamos a discutir esto aquí y ahora?

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