Vanesa sabía que Paz solo intentaba no hacerla sentir mal.
Suspiró en silencio.
Hasta que ambas entraron al apartamento.
La señora de la limpieza aún no había llegado.
Vanesa bañó a Paz, le puso la pijama y la arrulló hasta que se quedó dormida.
Solo entonces salió de la habitación.
Al salir, su teléfono vibró.
Era una llamada de Dante.
—¿Por qué me llamas a esta hora? —respondió Vanesa en voz baja.
La voz de Dante se escuchó al otro lado de la línea, con un ruido de fondo bastante fuerte.
Vanesa se dio cuenta de inmediato de que estaba en el aeropuerto.
—¿Paso algo en la empresa? ¿Te vas de viaje? —frunció el ceño—. ¿O pasó algo con mi madre?
Aunque Vanesa era parte de la familia Urbina, solo los visitaba en fechas especiales.
Además, debido a lo que le había pasado, pasaba muy poco tiempo con ellos.
No se podía decir que fueran muy cercanos.
Pero Isabel Urbina solía llamarla con frecuencia.
De hecho, desde que Vanesa regresó, el estado de ánimo de Isabel había mejorado muchísimo.
Últimamente, Isabel casi no llamaba.
Así que, recibir una llamada de Dante de la nada, obviamente la preocupó.
—Tranquila, tu madre está perfecta —Dante fue directo al grano—. Soy yo, acabo de llegar a Monterrey. ¿Nos vemos?
—¿Por qué viniste tan de repente? —Vanesa se quedó paralizada por un segundo.
Pero pronto lo entendió.
Seguramente Julián se lo había pedido.
—Julián estaba preocupado por ti, así que me pidió que viniera. Y yo tampoco me quedaba tranquilo —Dante no intentó ocultarlo, no había por qué.
Los labios rojos de Vanesa se movieron, pero no emitió sonido.
—Dime dónde estás, iré a buscarte —aceptó ella.
—Ya es muy tarde. Estoy en un hotel cerca de tu apartamento. Nos vemos mañana, descansa —respondió él.

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