Básicamente, ella lo estaba acorralando.
Fabio sentía un gran afecto por Santiago y le resultaba imposible negarse a ir.
Pero ser manipulado de esa forma por Giselle hizo que su semblante se oscureciera drásticamente.
Aun así, no podía darle la espalda a Santiago.
Y sumado al hecho de que sabía que el niño no era realmente hijo de Giselle, Fabio no podía evitar preocuparse por él.
Vanesa, por supuesto, no tardó en darse cuenta de todo.
Bajó la mirada y soltó una risita sarcástica, sin inmutarse.
—Casi lo olvido. El señor Serrano es un hombre de familia con un hijo —dijo ella, mirándolo con una media sonrisa llena de burla.
Lo dijo con un volumen de voz completamente normal.
Claramente, quería que la persona del otro lado del teléfono la escuchara.
Como era de esperarse, a Giselle se le descompuso el rostro.
Su tono de voz se tornó inseguro y tenso: —Amor, ¿estás con alguien?
—Estoy un poco ocupado. Enviaré a Carlos a recoger a Santiago; tú quédate con los de la producción y ya hablaremos más tarde —contestó Fabio con frialdad y sin dar rodeos.
Había tomado una decisión en cuestión de segundos.
Giselle jamás se imaginó que ni siquiera usando a Santiago como escudo lograría hacer que Fabio cediera.
Por supuesto, eso la enfureció muchísimo.
Pero a pesar de todo, no se atrevió a contradecir a Fabio.
Y para empeorar las cosas, Fabio evadió por completo su pregunta sobre quién lo acompañaba.
Eso provocó que Giselle se llenara de un terror absoluto.
—Amor... —intentó llamarlo Giselle una vez más.
Fabio ya sabía exactamente lo que ella iba a reclamarle.
Desvió la mirada hacia Vanesa.
No le costó notar el desafío destellando en los ojos de ella.
Si Vanesa realmente era la mujer de su pasado...
Esa actitud tan desafiante contra Giselle era algo más que comprensible.
Fabio se mantuvo estoico todo el tiempo.
Vanesa, restándole toda importancia al asunto, sonrió: —Yo no te estoy reteniendo, no me mires así. A este paso van a terminar echándome la culpa de todo.

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