Fabio miró su teléfono; para su sorpresa, era una llamada de Sebastián.
Él contestó.
—¿Hasta que por fin te dignas a contestar? —soltó Sebastián con fastidio.
Fabio no dijo nada.
—Julián probablemente ya descubrió dónde estás. Ni yo lo sabía, pero él ya te encontró —dijo Sebastián directamente.
Él nunca se andaba con rodeos. Siempre iba al grano.
Sin esperar respuesta, Sebastián continuó:
—La última vez que Vanesa tuvo fiebre, le saqué sangre y ya tengo los resultados. Hay algo que no me cuadra —dijo con el ceño fruncido y tono serio.
—¿A qué te refieres? —preguntó Fabio.
—No parece una fiebre causada por una infección, sino por una sobredosis. Hay muchos medicamentos neurológicos en su sangre —explicó Sebastián de manera concisa—. Pero este examen es muy superficial, necesito pruebas más exhaustivas para analizarlo a fondo.
La mirada de Fabio se ensombreció aún más.
No respondió.
Recordó la foto que había tomado aquel día.
Había querido enviársela a Sebastián, pero no había tenido tiempo debido a la avalancha de imprevistos que lo tomaron por sorpresa.
—Te voy a enviar una foto, dame un segundo —dijo Fabio sin más.
Sebastián alzó una ceja, a la expectativa.
En cuestión de segundos, Fabio le envió la imagen del frasco de pastillas.
Sebastián la vio.
Y en cuanto la vio, frunció el ceño profundamente. Su expresión se volvió sombría.
—¿Quién está tomando esto? —preguntó con cautela.
—Si no me equivoco, es ella —respondió Fabio sin ocultarlo.
Al escuchar la respuesta, Sebastián se quedó en silencio un momento antes de hablar:

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