El televisor seguía encendido, sintonizado en un canal de noticias.
Cuando mencionaron al Grupo Serrano, los párpados de Vanesa temblaron levemente.
Abrió los ojos y fijó su mirada en la pantalla.
La figura imponente y elegante de Fabio apareció en televisión.
Estaba rodeado por un enjambre de micrófonos y reporteros.
Era la rueda de prensa oficial del Grupo Serrano.
Fabio proyectaba una serenidad absoluta, como si el huracán mediático no lo tocara en lo más mínimo.
Se sentó con calma frente a los micrófonos.
Miró fijamente a la prensa y pronunció cada palabra con una claridad lapidaria.
—Como consecuencia del fracaso en la colaboración entre el Grupo Serrano e IGM, las acciones de nuestra compañía han sufrido una caída sin precedentes. Asumo la responsabilidad total por este desastre.
—Para dar un ejemplo de integridad, anuncio mi renuncia inmediata al cargo de presidente del Grupo Serrano.
Fue conciso y directo. Una disculpa y su renuncia. Sin excusas ni rodeos.
Vanesa sabía que, dadas las circunstancias, esa era la única forma de salvar lo que quedaba del honor de la familia Serrano.
Pero jamás imaginó que Fabio fuera a tirar la toalla de manera tan tajante.
El hecho de que no hubiera peleado ni un poco la tomó por sorpresa; sentía que algo se había salido de su control.
Una intuición visceral le advertía que algo no cuadraba.
Sabía que Fabio tramaba algo.
Pero no lograba descifrar qué era.
Ante esa incertidumbre, Vanesa se limitó a observar, manteniendo una postura indescifrable.
De pronto, unos golpes apresurados resonaron en la puerta antes de que su asistente entrara casi corriendo.
Vanesa frunció el ceño. —¿Qué ocurre? ¿Por qué tanto alboroto?
—Directora Arias... la policía está aquí. Vienen desde Jalapa —balbuceó la asistente, aún en shock, intentando articular las palabras.
El rostro de Vanesa no mostró la más mínima alteración.

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