De repente, fingió que algo más venía a su memoria. —¡Ah, claro! ¡También escribieron que yo era la amante! ¿Qué otras mentiras publicaron? ¿Por qué no me ayudan a refrescar la memoria? Mejor aún, me ahorrarán el trabajo de recolectar pruebas. Presentaré una demanda colectiva por difamación y calumnias, así no tendré que llevarlos a juicio uno por uno.
Durante todo su discurso, Vanesa habló con una lentitud escalofriante, demostrando un absoluto desprecio por el lugar y la situación en la que se encontraba.
Las amenazas de Vanesa congelaron la sangre de los reporteros. Nadie se atrevió a emitir un solo sonido.
Se miraban los unos a los otros, aterrorizados.
Sin esperar a que Vanesa volviera a abrir la boca, los más listos dieron media vuelta y huyeron despavoridos.
Habían olfateado el peligro.
Esa Vanesa no era la misma mujer indefensa de hace años.
Esta nueva versión de Vanesa era intocable, un depredador dispuesto a destruirlos en la corte.
Los reporteros comenzaron a retroceder torpemente, mientras Vanesa los fulminaba con una mirada de hielo.
—Señores, espero no volver a ver un solo chisme infundado en sus medios hasta que haya un veredicto oficial. Me molesta profundamente —advirtió Vanesa, con un tono que no admitía réplicas.
Dicho esto, ignoró por completo a la prensa y caminó con paso firme hacia el interior de la comisaría.
Los periodistas se quedaron paralizados, tragando saliva.
Al ver su imponente figura alejarse, ninguno sintió que estuviera viendo a una sospechosa a punto de ser interrogada. Parecía una reina entrando a su palacio.
Rápidamente, la multitud se dispersó, abriendo paso y rezando para no ser el próximo blanco de sus demandas.
Una vez dentro, Vanesa fue tratada con suma cortesía por los oficiales.
Poco después, su equipo legal hizo acto de presencia.
Ningún detalle de lo ocurrido en la sala de interrogatorios se filtró a la prensa.
A las 23:48 de esa misma noche, Vanesa salió por la puerta principal de la comisaría.
No había sido detenida. Con paso elegante, subió a su automóvil privado y se marchó en la oscuridad.
Regresó a su antiguo departamento en Jalapa.
Un par de reporteros la siguieron de lejos, pero ninguno tuvo el valor de acercarse demasiado.
De forma inusual, los medios de Jalapa guardaron un silencio sepulcral sobre el incidente; la quietud era casi espeluznante.
Incluso los tabloides de Monterrey estaban a la expectativa, conteniendo la respiración.
Pero Vanesa no volvió a dar la cara.
Lo único que hizo fue publicar un breve mensaje en su cuenta oficial de Twitter.

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