Sebastián no lo negó.
Si Fausto no hubiera sido tan cauteloso, no habría podido evadir ser atrapado durante tantos años.
Claramente, la mente de Fabio no estaba en ese tema.
Así que Sebastián decidió no extender más la conversación.
Colgaron el teléfono poco después.
Fabio abrió su correo rápidamente y descargó el reporte que Sebastián le había enviado.
Los resultados le decían claramente la verdad.
Paz Jiménez era su hija con Vanesa.
Fabio leyó el documento una y otra vez, tratando de asimilarlo.
En su mente resonaba vagamente la imagen de aquella bebé condenada a muerte.
Una vida tan resistente, que luchó hasta el final.
Cuando Fabio decidió rendirse con ella en el pasado, ¿acaso no le había dolido?
Claro que sí, después de todo era su propia sangre.
Pero dadas las circunstancias, él no tenía el vínculo tan profundo que Vanesa había desarrollado con la niña.
Sin embargo, Vanesa jamás lo sabría.
En aquel entonces, a pesar de lo cruel que pareció al deshacerse de la pequeña, Fabio encendió una veladora de recordación en una capilla por ella.
Con la esperanza de que encontrara el camino a casa.
Fabio nunca se lo explicó, porque creyó que ya no tenía sentido.
La niña ya no estaba.
Y ahora...
Era como si el destino le hubiera lanzado una sorpresa inesperada, aunque no sabía si alegrarse o aterrorizarse.
Mientras seguía sumido en sus pensamientos, recibió una llamada de Carlos.
Contestó de inmediato.
—Señor Serrano, la directora Arias acaba de ir al centro de detención —informó Carlos.
Fabio frunció el ceño.
Todos sabían perfectamente por qué Vanesa iba a ese lugar.
Porque Giselle estaba allí.
La sentencia de Giselle apenas se había dictado, por lo que aún tardarían un tiempo en trasladarla a una prisión federal.
Si Vanesa iba a verla, era obvio que buscaba ajustar cuentas.
A Fabio no le importaba que Vanesa buscara venganza contra Giselle, pero temía que sus emociones se descontrolaran.

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