Cuando la anestesia hizo efecto, el cuerpo de Giselle se rindió por completo.
Y allí mismo, dentro del centro de detención, le extrajeron las córneas.
Estas córneas eran originalmente suyas.
Así que, una vez que fueron extraídas, se volvieron completamente inútiles.
El médico procedió a empacarlas y desecharlas como si fueran simples residuos biológicos.
Giselle, aún bajo los efectos de la anestesia, yacía inerte en el piso.
El médico se acercó a Vanesa.
—Directora Arias, todo está hecho. Tal como lo solicitó, se le ha dejado únicamente una leve y borrosa percepción de la luz. La anestesia pasará en unos diez minutos.
Vanesa asintió.
—Buen trabajo.
—No es nada —respondió el médico—. ¿Y qué desea hacer con esto?
—Deséchalo sin más —ordenó Vanesa con indiferencia.
El médico asintió sin decir una palabra más.
Acto seguido, salió de la sala siguiendo a Vanesa.
Los policías que esperaban afuera no pudieron evitar sentirse un poco nerviosos al verla salir.
—Directora Arias... —la llamó uno de los agentes.
—Ella está bien, no se preocupen. Despertará en diez minutos. A partir de ahora, todo seguirá su curso legal como corresponde —explicó Vanesa tranquilamente.
Esas palabras fueron un gran alivio para todos los oficiales presentes.
En el fondo, temían que Vanesa la hubiera asesinado allí dentro.
El escándalo ya era demasiado grande.
Si Vanesa provocaba una muerte bajo su custodia, los que estarían en problemas serían ellos, no ella.
Tras agradecerles cortésmente, Vanesa se dirigió hacia la salida de la estación de policía.
Pero al llegar a un pasillo lateral, sus pasos se detuvieron.
Vio a Fabio de pie, esperando por ella.
Sus miradas chocaron en silencio.
Ninguno de los dos tomó la iniciativa de hablar.
El médico, notando la incomodidad, rompió el hielo de forma evasiva:
—Directora Arias, la dejo conversar con el señor Serrano. Me retiro.

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