Pero lo que Fabio no esperaba era que Vanesa, que hasta entonces había estado contenida, de repente explotara.
—¡Estaba en coma, Fabio! ¿Cómo se suponía que iba a recuperar a Paz en esas condiciones?
—¡Cuando desperté del coma, tuve que someterme a casi dos años de tratamiento psiquiátrico! Clínicamente, yo era una persona inestable, con problemas mentales. ¿Crees que podía hacerme cargo de un bebé?
—Y ahora que estoy estable... claro, podría traerla conmigo. ¿Pero luego qué? ¿Cómo le explico que no tiene papá? ¿Cómo le digo por qué no la reconocí desde el principio?
—¿Acaso olvidaste su problema del corazón? ¿No sabes lo que podría pasarle a Paz si sufre una alteración emocional tan fuerte?
...
Vanesa le gritaba a Fabio con furia, perdiendo por completo el control.
Lo miraba jadeando, con la respiración entrecortada.
Como si Fabio le hubiera hecho la pregunta más estúpida del mundo.
Pero detrás de esa explosión de ira, se desbordaba todo el resentimiento, la injusticia y el dolor acumulado por tantos años.
Fabio lo percibió claramente.
La culpa que sentía hacia ella se hizo aún más aplastante, una culpa que sabía que nunca podría reparar.
—Dime, Fabio. ¡Dime cómo se supone que debo recuperar a Paz! —le reclamó Vanesa con una risa cargada de amargura.
—Yo... —Fabio se quedó sin palabras. No tenía cómo rebatir.
Vanesa asintió con ironía.
—Muy bien. Vienes a buscarme para hablar de ella, quieres llevártela, ¿cierto?
—Pues adelante. Si Paz está de acuerdo, yo no me opongo. ¿Pero has pensado en ella por un maldito segundo? ¿O esto es solo un capricho tuyo para ganar una discusión conmigo?
—¡Acaban de operarla, Fabio! Tú conoces su estado mejor que yo; después de todo, Sebastián Lema la operó. ¡No puede sufrir sobresaltos! Al menos tiene que superar este período de recuperación en paz.
—Además, ella es una niña sumamente sensible. En la situación en la que te encuentras ahora, si te la llevas a Jalapa, ¡es como si la estuvieras enviando al matadero!

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