A veces, Sebastián Lema realmente admiraba la fuerza de voluntad de Fabio Serrano.
Después de que Vanesa lo humillara de esa manera, el hombre seguía actuando como si nada hubiera pasado.
Solo por eso, Sebastián sentía que él jamás podría soportar algo así.
—No puede seguir de esta manera —insistió Fabio.
—¡Alto ahí! —lo interrumpió Sebastián—. Primero: ella ya tiene a sus médicos para esto, yo no puedo interferir. Segundo: tú conoces su situación actual mejor que yo, ¿qué ganas metiéndote donde no te llaman? Y tercero: si de verdad quieres que mejore, lo más sensato es que hables con sus especialistas o con su terapeuta. ¿Entendido?
En resumen, Sebastián no tenía ninguna solución mágica que ofrecerle.
Fabio escuchó las palabras de su amigo en silencio. Bajó la mirada y se quedó petrificado en su lugar, sin mover un solo músculo.
—Entonces, ¿todo es culpa mía? —preguntó Fabio con voz apagada.
—Si yo fuera Vanesa, ya estaría harto de ti —respondió Sebastián sin rodeos.
Como decían por ahí, los que están fuera ven el juego más claro que los que están en la cancha.
Y Sebastián lo veía con una nitidez absoluta.
Fabio se sumió en el silencio por un momento.
—¿De verdad no hay otra opción?
—¿Acaso me estás pidiendo consejos amorosos a mí, un soltero empedernido? —Sebastián no pudo evitar soltar una carcajada frustrada.
Y sin la menor cortesía, le colgó.
Fabio se quedó allí de pie, como si hubiera absorbido y reprimido todas sus emociones en lo más profundo de su ser.
Sin embargo, poco después, Sebastián le envió un documento.
Era el expediente con el progreso del tratamiento de Vanesa.
Fabio lo leyó.
Era un desastre absoluto, estaba completamente estancada.
Debido a las constantes recaídas, los médicos estaban atados de manos.
Se había quedado en un punto muerto, sobreviviendo a duras penas.
Y Fabio era plenamente consciente de que el motivo principal del retroceso de Vanesa era él mismo.
Recordó la forma en la que ella había perdido el control momentos antes.
Finalmente, bajó la vista, hundiéndose aún más en su silencio.
Se quedó montando guardia frente a la puerta de la habitación de Vanesa.
No se escuchaba el más mínimo ruido.
Todo el departamento estaba sumergido en un silencio sepulcral.
Fabio no supo cuánto tiempo permaneció ahí, pero no se movió hasta que el cielo comenzó a clarear por la ventana.

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