Vanesa no dijo ni una palabra.
Por un lado, por el ardor del corte.
Y por otro, porque Fabio le sostenía la mano con firmeza.
Esperó en silencio hasta que él terminó de limpiarle la herida.
Afortunadamente, el corte no era profundo, así que una curita sería suficiente.
Tan pronto como él terminó, Vanesa retiró su mano bruscamente.
—Vanesa, me doy cuenta de que cada vez eres más experta en dar la espalda cuando ya no me necesitas —le reclamó Fabio, sin ocultar su sarcasmo.
El tono de Fabio la hizo enfadar:
—¿Y tú qué haces en mi casa? Me distraíste, por eso me corté.
—¿Así que ahora es mi culpa que no sepas usar un cuchillo? —Fabio alzó una ceja, burlón—. Entonces, ¿quieres que te lo pague con mi cuerpo como compensación?
Vanesa se quedó sin palabras.
En un instante, toda su capacidad de réplica se desmoronó.
De verdad, no recordaba que Fabio tuviera una lengua tan afilada.
Prefirió cerrar la boca.
—Ve a la sala a jugar con Santiago. Yo me encargo de cocinar —ordenó Fabio con frialdad.
Vanesa quiso protestar.
Pero sabía que discutir con él era una pérdida de tiempo.
Al final, terminó cediendo.
Salió a la sala y le explicó rápidamente a Santiago lo que había pasado. El niño le preguntó preocupado si le dolía mucho.
A Santiago no pareció importarle en absoluto quién se encargaba de la cena.
Vanesa se sentó con el pequeño.
Mientras tanto, Fabio trabajaba ágilmente en la cocina.
Anteriormente, él y Vanesa habían vivido juntos en ese apartamento durante más de medio mes.
Así que conocía perfectamente dónde estaba cada cosa.
No necesitaba la ayuda de Vanesa en lo absoluto.
—La verdad es que la comida de mi papá es muy rica —comentó Santiago con nostalgia—. Pero cuando tiene mucho trabajo, casi nunca me cocina.
—Entiendo —asintió Vanesa con suavidad.
—Y, por cierto, te juro que no sabía que volvía hoy. ¡Lo prometo! —El niño levantó su pequeña mano, como haciendo un juramento oficial.
—No te culpo por eso, mi amor —sonrió ella.
Santiago no tenía ningún control sobre lo que su padre decidiera hacer.
Aunque era un hecho innegable que Fabio utilizaba al niño para sus propios fines.
—Hace un rato me morí de miedo, pensé que me ibas a echar a la calle —suspiró Santiago, aliviado.
—Jamás haría eso —respondió Vanesa, manteniendo su tono maternal.

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