Luego, Vanesa regresó a su oficina para esperar a Andrés.
Pasadas las tres de la tarde, su teléfono sonó.
Al ver de quién se trataba, contestó.
—Ya llegué a mi oficina, ¿voy a buscarte? —le preguntó Andrés con inmensa ternura.
Vanesa simplemente escuchaba.
Pensó que, a través de ese tono de voz, sería imposible detectar que algo andaba mal.
Era tan suave, tan romántico y sumamente apasionado.
Hacía que cualquiera se sintiera como la persona más amada del universo.
Pero tras lo que había presenciado el otro día, Vanesa sabía con certeza que todo era una farsa.
Ella estaba actuando.
Y él también.
Lo que Vanesa realmente no esperaba era la naturaleza del vínculo entre él y Jazmín.
Sin embargo, decidió no darle más vueltas al asunto.
Salió de sus pensamientos y le respondió: —Voy para allá.
—Muy bien, te espero. Traje tu postre favorito —dijo él entre risas, tan detallista como siempre.
—Mjum —asintió ella.
Terminaron la llamada sin más preámbulos.
Como profesor de la universidad, Andrés Valenzuela tenía una oficina privada.
Era, lógicamente, el lugar ideal para hablar.
Además, dado que eran pareja oficialmente, a nadie le parecería extraño que ella lo visitara.
Diez minutos después.
Vanesa llegó al lugar.
Tras llamar a la puerta, entró y lo vio.
Tal vez fue por la imagen que Fabio la había obligado a presenciar...
o quizá por alguna otra razón,
pero de repente comprendió de dónde provenía ese perfume tan sutil que Andrés llevaba impregnado.
Probablemente era de Jazmín.
Aunque, en realidad, a Vanesa no le importaba.

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