Cuando Fabio la saludó, Isabel Urbina tardó un momento en reaccionar, mirando a Vanesa con cierta confusión.
Vanesa, por su parte, no alteró su expresión:
—Entró por el balcón de madrugada, por eso nadie de afuera lo notó. Si quiere hacerlo, déjalo. Mamá, no te preocupes.
Al escuchar las palabras de Vanesa, Isabel no supo si sentirse más aliviada o más tensa.
Pero en el tono de Vanesa, Isabel creyó detectar algo inusual.
Había una dinámica extraña entre Vanesa y Fabio.
Finalmente, Isabel asintió:
—Está bien.
Para ese momento, Fabio ya había colocado el desayuno frente a Vanesa con total naturalidad.
Su voz era suave, casi como si la estuviera mimando:
—Come. Está un poco caliente.
Vanesa no respondió y bajó la mirada para empezar a comer.
En comparación con la comida de la capital, definitivamente prefería la sazón de Jalapa.
Isabel observó toda la interacción entre los dos en silencio.
No lo rechazó ni tampoco se opuso.
Fabio se quedó a su lado haciéndole compañía, sin importarle en lo absoluto la presencia de Isabel.
Esperó hasta que Vanesa terminó de comer para recoger los platos por su cuenta.
—Vendré de nuevo por la noche —anunció Fabio.
Vanesa no respondió.
No quedaba claro si estaba de acuerdo o no.
A Fabio tampoco le importó, y se retiró con discreción.
Al salir de la habitación, se topó de frente con Zacarías Urbina y Dante Salazar, que iban llegando al hospital.
Desde que Vanesa había sido internada, alguien de la familia Urbina la visitaba a diario; de hecho, solían venir todos en bloque.
Por eso, al ver a Fabio saliendo de la habitación con total descaro, ambos hombres se quedaron estupefactos.
Sin perder las formas, Fabio los saludó cortésmente con un asentimiento.
—Ya te lo dije, no eres bienvenido aquí —dijo Dante, frunciendo el ceño.
Fabio se limitó a mirarlo fijamente:
—Ella tampoco me echó, ¿o sí?
Dante: «...»

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