Fabio terminó de colocarle los cubiertos frente a ella antes de dignarse a responder:
—Con dinero baila el perro.
Era la pura y dura verdad.
Cualquier problema que el dinero pudiera resolver, dejaba de ser un problema.
Vanesa alzó una ceja, escéptica:
—¿No se suponía que estabas en bancarrota?
Ese comentario logró arrancarle a Fabio una risa baja.
Sus ojos se posaron en ella con una quietud pasmosa, aunque en el fondo brillaba una chispa de diversión.
Vanesa le sostuvo la mirada, negándose a apartarla.
Aunque, bajo el intenso escrutinio de Fabio, se sintió un poco incómoda.
—Descuida, aún en bancarrota, me alcanza de sobra para mantenerte —dijo él con un tono relajado.
Vanesa optó por guardar silencio.
Debería haberlo sabido. Era absurdo pensar que el Grupo Serrano representara la totalidad de los activos de Fabio.
Un zorro viejo como él siempre tenía un as bajo la manga para cualquier eventualidad.
Al notar que ella no tenía intención de responder, Fabio tampoco forzó la conversación.
En poco tiempo, los meseros comenzaron a traer los platos a la mesa.
Hacía mucho que Vanesa no disfrutaba de una comida tan deliciosa y llena de sabor.
Y vaya que tenía un excelente apetito.
Fabio, en cambio, comió poquísimo.
Vanesa sabía muy bien que ese tipo de comida no era de su agrado.
Pero mientras ella comía, él se esforzó por acompañarla probando un poco.
En sus años de matrimonio, algo así habría sido impensable.
Casi siempre era Vanesa quien tenía que adaptarse al estricto paladar de Fabio.
Pero esta cena en particular, logró que Vanesa se sintiera genuinamente satisfecha.
—¿Estás llena? —le preguntó Fabio, observándola.
Vanesa asintió.
Con un gesto muy natural, él tomó una toallita húmeda y le limpió la comisura de los labios.
Vanesa no hizo el amago de apartarse, aunque tampoco dio muestras de estar encantada.
Los ojos de Fabio permanecieron fijos en ella, en total calma.

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