No fue un arrebato agresivo como los de antes, pero tampoco le daba margen para rechazarlo.
Dentro de aquella postura dominante, había incluso una sutil provocación.
Como si estuviera obligándola a rendirse ante él.
La respiración de Vanesa se aceleró, sintiendo que estaba a punto de perder la cabeza.
Y él no tenía intención de soltarla.
—Mhm... —un leve gemido escapó de sus labios contra su voluntad.
Fue solo cuando notó que a ella le faltaba el aire que Fabio se separó ligeramente.
Pero eso duró apenas un segundo.
Inmediatamente después, volvió a devorarle la boca con más intensidad.
Vanesa retrocedió un paso torpemente.
Dada su falta de estabilidad, a los ojos de cualquier espectador, la escena parecía más bien un coqueteo donde ella se resistía por puro capricho.
Julián Jiménez llegó al hospital justo para presenciar esa escena.
Su mirada se ensombreció al instante.
Solo cuando sintió que las piernas de Vanesa temblaban y estaban a punto de ceder, Fabio finalmente la soltó.
Naturalmente, también había notado la presencia de Julián.
Un destello de desafío cruzó por sus ojos, aunque su rostro permaneció impasible.
Vanesa, que estaba de espaldas a Julián, intentaba recuperar el aliento y no se dio cuenta de su llegada.
—Como te dije, este asunto no está a discusión. El resultado será el mismo sin importar a quién acudas —dijo Fabio en voz baja y directa.
Los labios enrojecidos de Vanesa temblaron levemente.
—Vanesa, esto no interfiere en absoluto con nuestro acuerdo —le aclaró, marcando los límites.
Mientras hablaba, él clavó su intensa mirada en ella.
Pronunció cada palabra con una claridad aplastante: —Vanesa, no intentes desafiarme con tu salud, o te haré mía hasta que no te queden fuerzas para resistirte.
Lo dijo completamente en serio; no había ni una pizca de broma en su tono.
Soltó esa frase atrevida y dominante con una naturalidad pasmosa.
El Fabio del pasado nunca le habría hablado así.
Antes, su relación era físicamente íntima, pero la forma en que interactuaban era más fría que la de dos extraños.
Vanesa estaba furiosa.
Sin saber si era por el coraje o por puro instinto, de repente se abalanzó sobre él y lo mordió con fuerza.
Fabio frunció el ceño ante el punzante dolor.
Pero no intentó empujarla.
No fue hasta que Vanesa sintió el sabor metálico de la sangre en su boca...

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