Por esa razón, Fabio no se marchó; simplemente se quedó sentado en el auto.
El vehículo estaba estacionado en un lugar designado, por lo que no obstruía el paso de los vecinos.
Mantenía un perfil totalmente bajo.
Al entrar, Vanesa saludó a Isabel Urbina y a su abuelo Zacarías.
Aunque Paz no estaba muy familiarizada con la familia, no le faltaron palabras dulces y educadas para cautivarlos a todos.
Realmente era una niña encantadora.
Y gracias a ese tierno rostro, los familiares que pasaban a saludar caían rendidos ante ella.
Saludar a todos les tomó bastante tiempo.
Como sabían que Vanesa aún se recuperaba del accidente, le insistieron en que fuera a su habitación a descansar.
Por el contrario, Paz se la estaba pasando de maravilla.
La familia Urbina le había preparado un montón de juguetes.
Sin lugar a duda, ella era la más feliz de todos.
Cuando Vanesa regresó a su habitación, sintió esa extraña mezcla de familiaridad y distanciamiento con el espacio.
Tras todo el ajetreo social, la fatiga comenzó a pasarle factura.
Por instinto, se acercó a cerrar las cortinas con la intención de dormir un rato.
Pero al llegar al ventanal, se detuvo.
Allí estaba.
Vio el auto de Fabio; él no se había marchado.
En ese instante, Dante Salazar tocó la puerta y entró en la habitación.
Dante miró a Vanesa y, naturalmente, también notó el vehículo estacionado afuera.
—Si sale del complejo, no lo dejarán volver a entrar —comentó Dante sin rodeos.
Vanesa no dijo nada.
Al fin y al cabo, estaban en un complejo militar, las reglas de acceso eran sumamente estrictas.
—La verdad, me da curiosidad saber cuánto tiempo piensa quedarse ahí afuera —Dante arqueó una ceja.
Vanesa bajó la mirada, manteniéndose en silencio.
En realidad, ni ella misma lo sabía.

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