Las pupilas de Ian se contrajeron ferozmente, y su ser entero se llenó de una violencia desenfrenada.
"¡Sebastián!"
El rostro de Sebastián era un retrato de calma, su era tono tan frío que rozaba la crueldad.
"Piénsalo bien antes de hablar, ya te dije que mi paciencia es limitada. Si Gabriela muere, ninguno de ustedes saldrá con vida."
Al escuchar sus palabras, un silencio mortal cayó sobre el lugar.
Varios vehículos se detuvieron detrás del de Sebastián, bajando de ellos Fausto, Roque Sánchez y algunos guardaespaldas con entrenamiento profesional.
Al ver la escena ante él, Fausto intentó mediar de inmediato: "Sebas, cálmate un poco, ¿sí?"e2
Pero él no escuchaba a nadie más, su mirada estaba fija en Mercedes.
"¿Dónde está Gabriela?"
Ian también empezó a desesperarse. Otros podrían decir locuras en broma, pero si Sebastián lo decía, era en serio.
Si Gabriela moría, ninguno de los presentes saldría con vida.
Sebastián parecía haber perdido la razón.
"¡Mercedes, dile dónde está, basta de tonterías, nadie podrá salvarte si no hablas!"
Los hombros de la joven habían sido perforados por dos balas, una en cada lado. Estaba en agonía, queriendo gritar del dolor.
Pero el oscuro cañón de la pistola se volvió a posicionar en su sien, como si cualquier palabra de más significara su fin.
"¡Hermano! ¡Hermano, sálvame! ¡No quiero morir, no quiero morir!"
Ian tomó una profunda respiración, intentando tranquilizarla, "¿Secuestraste a Gabriela?"
Ella ya no se atrevió a ocultar nada, y señaló con las manos temblorosas hacia un lugar cercano.
"Está en el sótano, ella está en el sótano, ¡por favor no me mates, te lo suplico!"
Al verla así, Ian sintió un nudo en el estómago y un destello de odio cruzó su mirada.
Haría que Sebastián por lo que había hecho.
Sebastián no la soltó, sino que la tomó por el cuello de la camisa y la arrastró en la dirección indicada.


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