El amor de un padre se manifestaba de formas curiosas. Aunque era Arlet quien llevaba a los bebés en su vientre, Maxi se comportaba como si él mismo estuviera gestando. Sus ojos oscuros, enmarcados por profundas ojeras, revelaban las incontables noches de desvelo. Su cuerpo delgado se movía con la agilidad de un guardián, atento a cada suspiro, a cada movimiento de su esposa.
Arlet observaba con dulzura y preocupación los cambios en su esposo. Sus dedos recorrieron suavemente las líneas de cansancio que surcaban el rostro amado, trazando un mapa de devoción y sacrificio.
"Te has adelgazado mucho," susurró Arlet, su voz teñida de ternura y preocupación.
Maxi atrapó su mano entre las suyas, buscando las palabras adecuadas. "Yo..."
"Amor, se me rompió la fuente."
La transformación en el rostro de Maxi fue sutil pero inmediata. Sus años de entrenamiento empresarial entraron en acción mientras coordinaba cada detalle con precisión milimétrica. El auto arribó en minutos, y al llegar al hospital, un equipo médico ya aguardaba, trasladando a Arlet directamente al quirófano.
El acontecimiento se había adelantado casi quince días. En el pasillo del hospital, Maxi permanecía solo, debatiéndose entre avisar a la familia. Su mano jugueteó con el celular, pero el recuerdo amargo del nacimiento de su primer hijo, cuando no pudo sostenerlo hasta el día siguiente, lo detuvo. Esta vez sería diferente.
Su figura alta permaneció inmóvil frente a la puerta del quirófano, sus hombros tensos reflejando la mezcla de anticipación y ansiedad. Cuando la puerta finalmente cedió, Maxi atravesó el umbral con pasos decididos. La escena que encontró quedaría grabada para siempre en su memoria: dos enfermeras, cada una sosteniendo un pequeño bulto envuelto en mantas suaves.
"Felicidades, es un niño y una niña," anunció una de las enfermeras con una sonrisa cálida.
La noticia, aunque esperada pues sabían que eran gemelos, provocó un revoloteo en su estómago. Tanto la familia Velasco como la Sandell habían optado por mantener el misterio del sexo de los bebés, permitiendo que la naturaleza revelara su secreto en el momento preciso.
Maxi pasó junto a los bebés, su corazón dividido entre la curiosidad por sus hijos y la preocupación por su esposa. Al llegar junto a Arlet, sus ojos se encontraron en una mirada cargada de significado.
"No tengamos más, ya es suficiente," murmuró con voz suave pero firme.

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