—La verdad es que es una presión tremenda —Felisa intentó soltar su mano suavemente, pero no pudo; al contrario, él la apretó con más firmeza. Ella levantó la mirada para encontrarse con sus ojos profundos y apretó los labios con preocupación—. Los Hernández ansían tanto un heredero que, si la naturaleza no me favorece, terminaré siendo la gran villana de la historia.
Yahir detuvo sus pasos, se inclinó hacia ella y su respiración cálida rozó su frente.
—Conmigo aquí, no tienes por qué sentir ninguna presión. En el peor de los casos, adoptamos a alguien de la rama secundaria para que sea nuestro hijo.
—Pero no sería sangre de mi sangre. No tengo la costumbre de criar al hijo de otros.
De pronto, recordó algo y preguntó:
—Por cierto, escuché que te enviaron al extranjero de niño porque intentaron asesinarte. ¿Es verdad?
Yahir entrecerró sus oscuros y afilados ojos; su mirada se volvió densa.
—Así es. Pasó hace tiempo.
—¿Y descubrieron quién estaba detrás?
—No. El que me perseguía murió y todas las pistas desaparecieron.
—¿Y después de eso? ¿No volvieron a intentarlo?
—No.
Al irse al extranjero, estuvo rodeado de guardaespaldas; su nivel de seguridad era tan alto que vivía prácticamente aislado. Quienes se escondían en las sombras jamás encontraron otra oportunidad.
—¿Tienes sospechas de alguien?
—Las tuve, pero todos fueron descartados. Cuando vivías con tu abuelo en Monte Serena, ¿hay algo que recuerdes con especial claridad?
Yahir bajó la mirada y la clavó en ella, con una chispa de expectativa apenas perceptible en sus ojos.
¿Algo que recordara con claridad?
Felisa frunció ligeramente el ceño y trató de hacer memoria.
Aquellos años viviendo en las montañas habían sido simples y rutinarios. Sus días se resumían en recolectar plantas, secar hierbas, estudiar libros de medicina natural, practicar con las agujas y ayudar a su abuelo a cuidar el cultivo de hierbas medicinales. Era una vida tan tranquila que rozaba lo monótono.
Negó suavemente con la cabeza. —Creo que... nada en especial.
El brillo en los ojos de Yahir se apagó casi por completo, y sus dedos se contrajeron ligeramente sin que ella lo notara.
¡Al parecer, de verdad se había olvidado de él!
Pequeña ingrata.
...
Clara Salazar fue muy eficiente. Agendó la cita con el doctor y la llevó a hacerse el chequeo médico.
—¿Clara?

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