Telmo prefería lo ligero, sin picante.
Antes, cuando comía carne asada con Nazario, por cuidar su estómago, Aitana pedía todo sin chile.
Ahora podía comer lo que se le antojara. Y de aquí en adelante ya no iba a volver a aguantarse por darle gusto a nadie.
Ya se acercaba el Año Nuevo, Aitana llevaba dos años sin volver a su casa.
Los dos años anteriores se había ido con Nazario a convivir con la familia Requena; se quedaban seis o siete días y luego regresaban a la empresa a seguir trabajando.
Con la familia Requena todo era regla tras regla; se sentía incómoda.
Este año, como ya no tenía que ir con Nazario, Aitana decidió volver a su casa para Año Nuevo y ver a sus papás.
El año pasado sus papás le hablaron para pedirle veinte mil pesos; según porque su hermano se iba a casar y les faltaba para la casa.
Aitana andaba ocupada, transfirió los veinte mil sin preguntar mucho.
Ya casi había pasado un año… y ni sabía si su hermano sí se había casado.
Probablemente no.
Si se hubiera casado, le habrían avisado.
Por lo menos no se lo habrían guardado así, sin decir nada.
El día antes del Año Nuevo, la empresa salió oficialmente de vacaciones.
Aitana compró sus boletos, terminó de empacar y, jalando la maleta, se dispuso a salir.
Telmo se recargó en la pared, viéndola con cara de niño regañado.
—¿Me vas a dejar aquí solo?
Aitana se detuvo y lo miró.
—¿Entonces quieres ir conmigo?
A Telmo se le iluminaron los ojos.
—¿De verdad me llevarías a tu casa?
Aitana apartó la mirada.
—No es buena idea.
¿Y cómo lo iba a presentar? ¿Como el chavito que mantenía?
En el pueblo, ese mismo día se armaba el chisme. Iban a decir de todo, y la iban a traer a puro comentario.
A Telmo se le apagó la mirada. Suspiró.

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