La luz fluorescente del hospital parpadeaba suavemente cuando Leonor comenzó a recuperar la consciencia. Sus párpados pesados se abrieron con dificultad, mientras un gemido débil escapaba de sus labios resecos.
"Uh..." El más mínimo movimiento enviaba oleadas de dolor a través de su cuerpo magullado, cada nervio protestando contra la simple acción de existir.
"Leonor, ya despertaste." La voz familiar de Alejandro Medina penetró la neblina de su dolor como un rayo de sol entre nubes de tormenta.
Leonor giró lentamente la cabeza hacia él, su voz apenas un susurro áspero. "¿Qué me pasó?"
Los ojos de Alejandro, normalmente duros como el acero, se habían suavizado con una compasión que reservaba exclusivamente para ella. "Tuviste un accidente."
La memoria del accidente golpeó a Leonor como una segunda colisión: el chirrido de los neumáticos, el impacto brutal contra la barandilla, la sensación de ingravidez mientras el auto caía hacia el río. Recordaba vívidamente cómo el agua fría había invadido el habitáculo en cuestión de segundos, transformando el interior del vehículo en una trampa mortal. Su rostro, ya pálido por la pérdida de sangre, perdió el poco color que le quedaba.
"¿Fuiste tú quien me salvó?" Sus ojos buscaron los de él, buscando una confirmación que necesitaba desesperadamente.
Alejandro asintió sin palabras. No necesitaba mencionar que otros habían ayudado; en su corazón, sabía que hubiera saltado al agua sin dudarlo si nadie más lo hubiera hecho. Siempre había sido así entre ellos: un salvavidas el uno para el otro en un mar de adversidades.


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