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El Precio del Desprecio: Dulce Venganza romance Capítulo 153

Sabía que era veloz, pero no imaginaba que pudiera serlo tanto. En los juegos, él nunca había encontrado un rival digno hasta ahora: Estaban igualados, algo inesperado para él.

Joaquín empezó a preocuparse:

—¡Carajo, Mateo, esta mujer te está causando problemas! Mantente firme, no puedes perder. Si pierdo esta ronda, caeré de rango.

Apenas terminó de hablar, Fernando entró:

—Señor, acaban de llamar de la casa familiar...

¿Qué habría pasado en la casa familiar? Mateo se distrajo.

Un instante después: PARTIDA FINALIZADA.

Los dedos de Mateo se detuvieron, había perdido. Aprovechando ese segundo de distracción, ella le había asestado un hachazo, derribándolo. ¡Había perdido ante ella! Y él que planeaba darle una lección y hacerla llorar.

Un aullido de lamento sonó. Joaquín miraba su cuenta de juego, incrédulo:

—¿Perdiste? ¡No! ¡Me he convertido en bronce! —Le había tomado tres años alcanzar el rango leyenda y solo necesitó unas cuantas partidas para caer a bronce. ¿Por qué? Sentía que su corazón se rompía.

Mateo suspiró, resignado. Le causó gracia y se rio presionando la lengua contra su mejilla derecha. Ella lo había impresionado.

Mientras se lo preguntaba, entró una videollamada. Entraba por el número que tenía como señora Figueroa; Mateo la estaba llamando. ¿Por qué una videollamada?

Contestó y vio a Mateo sentado en su silla de ejecutivo. Llevaba una camisa blanca hecha a medida cuya costosa tela delineaba su pecho y sus hombros, añadiendo un aire de nobleza a su atractiva madurez. Mateo era la flor más difícil de alcanzar en Nueva Celestia.

—Señor Figueroa, ¿necesita algo? —Preguntó.

Mateo la miraba. Recién bañada, su largo cabello estaba recogido casualmente en un moño, con algunos mechones cayendo sobre su cuello, luciendo hermosa y delicada. Lo interesante era que solo llevaba una pequeña camisola blanca, con finos tirantes sobre sus delicados hombros, revelando gran parte de su piel. Una imagen algo deslumbrante a ojos masculinos.

Mateo se sorprendió ligeramente; nunca la había visto así: recién bañada, con moño y camisola. Emanaba esa esencia de universitaria inocente de poco más de veinte años.

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