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El Precio del Desprecio: Dulce Venganza romance Capítulo 175

Valentina encontró extraño que la estuviera mirando. ¿Por qué la miraba si Luciana estaba justo a su lado? Últimamente, lo hacía con demasiada frecuencia.

Luis miró a Valentina. —Vamos a ese jacuzzi.

Camila se tapó la boca para reírse a escondidas. —¡Luis quiere un momento a solas con mi querida amiga! ¡Váyanse, váyanse!

Se marcharon.

Camila miró a Mateo. El hombre tenía una mirada sombría, claramente estaba de mal humor. Ella, inexplicablemente, se sintió muy bien.

Valentina y Luis llegaron a otro jacuzzi. Estaban charlando, pero a los pocos minutos sonó el teléfono de Luis.

—Discúlpame, voy a contestar una llamada.

—Está bien.

Se fue a contestar.

Ella estuvo un rato en el jacuzzi, cuando vio a alguien vendiendo helados. No podía resistirse a los dulces, así que fue a comprar uno.

Pero el vendedor se había ido y, sin darse cuenta, ella llegó a un jacuzzi muy apartado.

Allí vio a dos personas: un hombre con un tatuaje de tigre en el pecho y una mujer con un cuerpo escultural y sensual.

La mujer estaba sentada encima del hombre; estaban teniendo relaciones sexuales. El agua formaba leves olas al compás de los movimientos de la pareja.

La mujer rio: —¿No te da miedo que alguien te vea acostándote con la mujer de tu patrón?

El hombre, jadeando, respondió con arrogancia: —¡Quien me vea, lo mato!

Ella no podía creer su mala suerte. Había sorprendido a una pareja en pleno acto.

Ese "tigre", por su aspecto, era un gánster, un personaje peligroso.

—¿Quién? —El "tigre" estaba muy alerta. Había percibido algo y sus ojos feroces se dirigieron hacia ella. —¿Quién anda por ahí?

Valentina salió corriendo.

Los párpados de Valentina temblaron. —¡No!

Le dedico una mirada profunda y se burló: —¿Nunca te has enrollado en un hombre? ¿Qué te pasa?

¿Por qué hablaba como si hubiera tragado ají puro? ¿Qué le había hecho?

Entonces, le abrió las piernas. Su cuerpo delgado y musculoso se presionó contra ella.

Las manos de Valentina le temblaban sin control, negándose a cooperar. Sus piernas se negaban a rodearlo.

Ella sabía que él la estaba salvando, pero podían hacerlo de otra manera. No quería hacerlo así.

—¡Vete!

El humor de Mateo ya estaba algo oscuro y, al verla luchar con fuerza, doblando las rodillas para empujarlo, su expresión se oscureció más.

—Don Tigre, ¡vi a alguien corriendo hacia aquí!

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