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El Precio del Desprecio: Dulce Venganza romance Capítulo 278

—Nosotras somos amigas de Lela, mientras que tú, una fea, solo puedes juntarte con la campesina de Valentina. Qué lástima das.

Aurora estaba a punto de poner los ojos en blanco, completamente indignada.

Daniela sonrió encantada: —Sí, realmente les tengo mucha envidia por poder pasar tiempo con Lela.

Mariana, ya cansada de reírse, dijo: —Luciana, no hagamos caso a esta fea. Vamos a ver a Lela.

Luciana tampoco quería perder tiempo con Daniela: —Dejémosla que siga envidiándonos. Entremos.

Las dos avanzaron hacia el interior.

Viendo las siluetas arrogantes de ambas, Aurora comentó divertida: —Señorita, todavía no conocen su identidad.

Daniela arqueó las cejas: —No hay prisa. ¡Ahora mismo entraré a atenderlas como se merecen!

...

Luciana y Mariana llegaron a la sala. Luciana sentía que estaba soñando; por fin había entrado en la casa de los Cruz.

Estaba un paso más cerca de su objetivo.

En ese momento, una sirvienta se acercó: —Distinguidas invitadas, por favor tomen asiento. Nuestra señorita está cambiándose arriba y bajará en un momento.

—Muy bien, gracias.

Luciana y Mariana se sentaron en el sofá de la sala, esperando pacientemente la aparición de Lela.

Luciana confiaba mucho en sus habilidades sociales y ya estaba organizando mentalmente lo que diría para ganarse a Lela.

Quería que Lela se convirtiera en su mayor aliada.

Pronto se escuchó la voz de la sirvienta: —Nuestra señorita está bajando.

¡Lela había llegado!

¿Esa chica insignificante y fea que andaba con Valentina era en realidad Lela, la hija de los Cruz?

No.

¡No lo aceptaban!

—Daniela, esto es falso, ¿verdad? Una fea como tú está haciéndose pasar por Lela...

—¡Insolentes! —Aurora interrumpió con voz severa antes de que Luciana pudiera terminar.

Un grupo de guardaespaldas de negro, perfectamente entrenados, entraron rápidamente y rodearon a Luciana y Mariana.

Ambas quedaron intimidadas por semejante despliegue. Mientras tanto, Daniela pasó por su lado y se sentó tranquilamente en el sofá de la sala.

Aurora las reprendió con dureza: —¿De dónde han salido estas perras callejeras que no han dejado de ladrar insultos a mi señorita? Si se atreven a decir una palabra más, ¡las echaré inmediatamente!

Luciana y Mariana miraron a Daniela, quien tomaba con elegancia una taza de té que le había entregado la sirvienta. Tras dar un sorbo, levantó la mirada hacia ellas: —¿No estaban buscando a Lela? Pues felicidades, la han encontrado. ¡Yo... soy... LELA!

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