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El Precio del Desprecio: Dulce Venganza romance Capítulo 85

Valentina guardó la foto en la caja:

—Abuela, es solo una foto de cuando era pequeña. Salí muy fea, no puedo mostrártela.

Dolores retiró la mano, sonriendo:

—¿Cuándo ha sido fea mi Valentina?

—Eso es imposible —afirmó el mayordomo Fausto.

Ambos eran muy cariñosos con ella. Bajó la mirada y tomó un sorbo del té.

Luego, se volvió a escuchar la voz de la empleada:

—Señorito.

Ella levantó la vista. Mateo había vuelto a casa.

—¿Llegaste? —Sonrió Dolores.

Mateo se quitó el saco del traje y se lo entregó a la empleada, luego entró a la sala con paso elegante.

Para entonces, Valentina ya había notado algo extraño en el sabor del té:

—Abuela, ¿qué le pusiste a esto? Sabe diferente.

—Querida, ¿lo notaste? Le mandé agregar hierbas para la fertilidad.

¿Fertilidad?

Miró el té con resignación.

Ella y Mateo ni siquiera habían consumado el matrimonio, así que no importaba cuántas hierbas tomara, no quedaría embarazada.

—¡Abuela!

La abuela tomó su mano:

—Ya es momento de que tengan hijos. Yo ya estoy vieja y mi mayor deseo es poder cargar a mi bisnieto antes de partir de este mundo.

Viendo la esperanza y el anhelo en los ojos de la anciana, sintió una punzada de dolor. Supo que la decepcionaría.

Mateo se sentó al lado de la abuela y la rodeó por los hombros:

—Abuela, ella es muy joven todavía, no tenemos prisa por tener hijos.

Ella miró la cara que se sentaba frente a ella. ¿Acaso estaba echándole la culpa?

—Abuela, la verdad es que sí quiero tener hijos.

En cuanto estuvo en la habitación, abrió la caja y sacó la fotografía.

En la foto estaba ella: pequeña, rota, desamparada.

Su teléfono sonó. Una llamada.

Contestó, al otro lado, escuchó la risa de Gonzalo.

—¿Recibiste la foto?

Su cara se puso pálida:

—¿Qué quieres?

—Dinero. Antes el señor Figueroa me dio cien mil y me los quitaste. Ahora vas a pagármelos. Si no lo haces… esta foto llegará a manos de tu esposo, de Dolores y de todos los que te conocen. ¿Qué pensarán de ti entonces? —amenazó.

—¿Cuánto quieres?

—¡Cien millones! —Pidió una suma exorbitante.

Valentina curvó sus labios en una sonrisa silenciosa:

—¿Cien millones? Qué atrevido eres.

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