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El Precio del Desprecio: Dulce Venganza romance Capítulo 89

Gonzalo conducía una van blanca a toda velocidad por la autopista, mirando a través del retrovisor a Valentina, quien yacía inconsciente en el asiento trasero.

Sus ojos recorrían lascivamente sus curvas, estaba deseando poder tomarla allí mismo.

Sin embargo, por precaución, necesitaba llevarla lejos de allí. Una vez que llegaran a un lugar donde nadie los conociera, no podría escapar.

Y podría hacer con ella lo que quisiera.

Solo pensar en eso hacía que su sangre hirviera.

Mientras pensaba en eso, los autos delante se detuvieron y tuvo que frenar bruscamente.

¿Qué sucedía?

Había trancon.

Los conductores cercanos asomaban sus cabezas.

—¿Qué pasa? ¿Hubo un accidente?

—No es un accidente, han bloqueado las carreteras. Están revisando todos los autos.

¿Bloqueo de carreteras?

Gonzalo palideció, presintiendo lo peor.

—¿Quién tiene tanto poder para cerrar toda Nueva Celestia?

—Dicen que es Mateo, el presidente del grupo Figueroa. Ya sabes, el hombre más rico de Nueva Celestia. Este es su territorio, puede hacer lo que quiera.

—¿El señor Figueroa bloqueó las carreteras? ¿Estará buscando a su esposa?

—Lees demasiadas novelas.

Los conductores especulaban entre sí.

—¿Despertaste?

Aún le dolía el cuello. La mano en su cara se sentía como el toque de una babosa arrastrándose, dejando a su paso una sensación de humedad, provocándole náuseas. —¡Aléjate! ¡No me toques con tus asquerosas manos!

Gonzalo, sin enojarse, respondió: —Cuando llegaste al campo eras increíblemente hermosa. Ya imaginaba cuántos hombres querrían tenerte cuando crecieras. ¿Por qué dejarlos? Podrías ser mía, ser mi esposa. ¿Por qué no me obedeciste? ¿Por qué me dejaste ciego de un ojo? ¿Por qué me hiciste pasar diez años en prisión? Mira, nada ha cambiado, seguirás siendo mía para hacer contigo lo que quiera.

Él ya no podía contener sus impulsos carnales. Había esperado a que despertara solo porque quería torturarla como venganza por su ojo.

Comenzó a rasgar la ropa de Valentina.

Ella empezó a luchar, con fuerza. —¡Suéltame! ¡No me toques!

Gonzalo, respirando pesadamente, le dijo: —¿Esperas que alguien te salve? Tal vez… ¿Tu esposo?

Recordando su huida desesperada, sus ojos se oscurecieron. —Es demasiado tarde. Cuando él llegue, ya habré acabado contigo. Cuando estés arruinada, ¿crees que te seguirá queriendo?

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