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El Regreso de la Reina romance Capítulo 7

La tensión en el aire podía cortarse con un cuchillo cuando Federico soltó los hombros de Violeta, inclinándose con movimientos felinos hacia el celular que vibraba sobre la cama. Sus dedos apenas rozaron el dispositivo cuando Violeta, con la rapidez de un destello, sujetó su brazo. El tiempo pareció detenerse en ese instante.

Federico giró el rostro hacia ella. A pesar del torbellino de emociones que amenazaba con desbordar su pecho, Violeta mantuvo una máscara de serenidad tan frágil como el cristal. Sus ojos, sin embargo, brillaban con una determinación acerada.

—Federico —su voz surgió con una calma estudiada—, no nos desviemos por una simple llamada. Dime, ¿cómo supiste que vendí “La Única” y el anillo? ¿Fuiste tú quien los compró en la subasta benéfica?

El timbre del celular se apagó, dejando un silencio espeso entre ambos. La pregunta de Violeta pareció desenfocar a Federico de su curiosidad inicial. Su rostro, normalmente seguro y dominante, se tiñó con las sombras inequívocas de la culpa.

—Es que... —titubeó, pasándose una mano por el cabello en un gesto nervioso—. Como ayer se me olvidó nuestro aniversario y hoy tuve ese contratiempo en el trabajo, quise comprarte un detallito para contentarte.

"Contentarme... ¿a mí o a Sofía?", pensó Violeta, sintiendo cómo cada palabra de Federico era como sal sobre una herida abierta.

—Mi amor —continuó él con voz melosa, casi suplicante—, ¿tanto te molestó que no estuviera estos días? No te imaginas el susto que me llevé cuando vi nuestras joyas en la subasta. Sentí que... que ya no me querías.

Una pausa dramática.

—Violeta, ponte en mi lugar. No es fácil para tu hombre andar fuera de casa.

Una sonrisa amarga curvó los labios de Violeta.

—Ah, entonces según tú, ¿estoy siendo una histérica irracional?

—¡No! Pero... —Federico pasó del ruego a la desesperación—. ¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué vender precisamente “La Única”, nuestro anillo de bodas y todas las joyas que te he regalado?

Violeta bajó la mirada, dejando escapar una risa hueca que sonó como cristales rotos. Recordó todas las veces que Federico presumía conocerla mejor que nadie, cuando juraba que cada acción suya tenía un motivo, que nunca actuaba por impulso. Y ahora... ahora la acusaba de ser irracional.

"Las promesas de los hombres son como burbujas de jabón", pensó con amargura. "Brillantes, pero vacías".

Cuando levantó la vista hacia Federico, fue como si lo viera por primera vez. El hombre frente a ella era un extraño, una cáscara vacía de todo lo que alguna vez creyó amar.

—Tienes razón —respondió con una ironía que laceraba como un látigo—. Soy irracional. Es lo que piensas, ¿no? ¿Para qué darle más vueltas? Bien sabes que odio los reproches.

La ironía en sus ojos provocó que Federico entrara en pánico. Como un mago desesperado por salvar su último truco, sacó de su bolsillo una pequeña caja aterciopelada.

Capítulo 7 1

Capítulo 7 2

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