Carolina jamás imaginó que el “la próxima vez” de Mauro llegaría tan pronto. No le quedó de otra más que asentir con resignación.
—Está bien.
Mauro notó la pizca de desgano en su expresión, pero se hizo como si nada, como si no hubiera visto nada.
Con las manos en los bolsillos y el semblante tranquilo, dijo:
—Vámonos.
—...Ajá.
Caminaron juntos hasta la puerta de la casa de Carolina. Ella colocó el dedo en el sensor de huellas.
Sentía a la perfección que tenía una mirada intensa plantada en la nuca, clavada en cada uno de sus movimientos.
Mauro no le quitaba los ojos de encima a sus dedos mientras desbloqueaba la puerta. Tan blancos, tan delicados.
Él ya le había contado la clave de su casa.
¿Y ella? ¿Cuándo se animaría a decirle el suyo?
En cuanto la voz mecánica anunció el acceso exitoso, Carolina encendió la luz del recibidor.
—Espérame aquí, ahorita te lo traigo.
O sea, que ni pensaba dejarlo pasar.
Mauro ni se inmutó. Se quedó parado tranquilamente junto a la puerta, observando cómo ella salía corriendo por el pasillo. Sin querer, se le dibujó una sonrisa.
Ese día, Carolina llevaba una coleta sencilla. Cada vez que corría, su cabello brincaba de un lado a otro, lo que la hacía ver todavía más linda.
Entre más la miraba, más se le antojaba como una conejita.
De reojo, Mauro notó afuera del mueble de los zapatos un par de sandalias de hombre, nuevas y envueltas en una bolsa transparente.
¿Eran para él?
Carolina volvió pronto, temerosa de que Mauro se desesperara si tardaba. Regresó trotando con las mejillas ligeramente sonrojadas.
—Toma, las encontré. El otro día las olvidaste y las guardé.
Mauro recibió la bolsa de sus manos. Al hacerlo, sus dedos —fríos y delgados— rozaron sin querer la palma de ella. Esbozó una sonrisa entre juguetona y seria.
—Gracias.
Luego, su mirada se fue directo al par de sandalias nuevas.
—¿Esas las compraste para mí?
Carolina no esperaba que él lo notara y se limitó a responder:
—Sí, pasé por el súper y las vi.
No pensaba dejar que la próxima vez anduviera descalzo por la casa.
Mauro asintió, visiblemente de buen humor.
—Hoy no las voy a estrenar. Será para la próxima.
Carolina se quedó muda.
¡Oye, eso no era una invitación para que vinieras más seguido!
¡Y además, sólo son unas sandalias, ni que fueran zapatos de diseñador!
A pesar de que Marisol había salido perdiendo en casa de Carolina, no creía ni tantito que ella estuviera tan tranquila.
Seguro hacía como que no le importaba, pero en realidad era pura fachada.
—Amiga, me voy a casar —le avisó Marisol a su mejor amiga.
—¿En serio? Marisol, ¿ya vas a casarte con Alexis? —Zoe abrió los ojos de par en par.
Todo gracias a que esa metiche se fue con su papá para meter cizaña y fingir que quería reconciliarse con Alexis.
Si no fuera por eso, su papá jamás se hubiera puesto de su lado.
—Claro que sí. Y para que sepas, fue mi tío quien nos ayudó con todo.
Al escuchar “el tío”, Zoe no pudo ocultar la sombra que cruzó por sus ojos.
Él, ese hombre tan inalcanzable...
Si pudiera casarse también con alguien de la familia Loza, sería su sueño. Pero viendo cómo iban las cosas, lo veía cada vez más lejos.
Aunque Zoe no estaba dispuesta a rendirse.
—Marisol, ¿ya decidiste quién será tu dama de honor? Somos tan cercanas, seguro me vas a elegir a mí, ¿verdad?
Marisol sonrió con picardía.
—Por supuesto, Zoe. No puede faltar mi mejor amiga en mi equipo de damas.
Solo así, con Zoe en su boda, podría tener una aliada para lidiar con Carolina y dejarla en ridículo.
¿Por qué Marisol se había hecho tan amiga de Zoe...?

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