Carolina solo había descansado un instante cuando, de pronto, se dio cuenta, incómoda, de que acababa de perder la compostura.
—Perdón, Mauro... ensucié tu pijama.
Sin saber cómo, el hombre que hacía un momento se veía débil y enfermo, ahora tenía las mejillas sonrojadas y el semblante renovado, ya ni la frente le ardía.
Mauro entrecerró los ojos y replicó de inmediato:
—No está tan sucio, solo es un poco de tus lágrimas y, bueno, algo de nariz...
Carolina lo miró sin palabras, con el ceño arrugado, y no tardó en quejarse:
—¡No había nada de eso! ¡No inventes! ¡Eso ni pasó!
—Bueno, si tú dices que no, entonces no —aventó Mauro, haciéndose el desentendido.
En un movimiento rápido, Mauro se quitó la camiseta y se la extendió a Carolina:
—¿Podrías hacerme el favor de llevarla al cuarto de lavado en el tercer piso, Carito?
Con ese gesto tan repentino, su pecho fuerte y marcado quedó al descubierto frente a ella. Los músculos de su abdomen se distinguían claramente, como si estuvieran esculpidos.
La piel del hombre, tan clara, resaltaba aún más sin la camiseta. Si no fuera porque se la quitó, Carolina jamás habría imaginado que Mauro tenía un cuerpo así.
Sintió cómo las mejillas le ardían, y no pudo evitar apartar la mirada.
—¿Por qué no tomas la camiseta? —aventó Mauro, esbozando una sonrisa traviesa—. ¿O será que te quedaste viendo?
Como si intentara quitarse aún más la sábana, Mauro fingió bajarla. Carolina, sin pensarlo, se dio la vuelta de inmediato y extendió la mano por detrás.
—¡Ya, dámela! Yo la llevo al cuarto de lavado.
Mauro la miró divertido, los ojos llenos de picardía.
—Gracias, de verdad.
En cuanto sintió la camiseta en la mano, Carolina salió disparada rumbo al tercer piso, sin voltear atrás.
Iba con la respiración agitada. ¡Eso sí que la había puesto en aprietos!
Pero a mitad de camino, le entró la duda.
¿Había gente tan desinhibida que se quitaba la camiseta mientras platicaba, así nada más? ¿Y encima siendo un paciente con fiebre?
¿Será que el enfermo era él... o ella por dejarse llevar así?
Carolina, sintiéndose engañada, tomó el termo que había llevado.
—Bueno, si no estás enfermo, entonces me voy.
—Espera —Mauro la sujetó suavemente de la muñeca, tratando de calmarla—. No quise jugar contigo, puede que el caldo de pescado con jengibre y avena que me trajiste me haya ayudado a sentirme mejor.
—¿Ya olvidaste que ayer tuve un accidente de carro?
Carolina dudó un poco.
Tenía razón, Mauro hasta lo había publicado en redes sociales.
¿O acaso hasta eso era mentira? ¿Qué iba a ganar engañándola así? ¿Solo para que le trajera una sopa?
Carolina asintió, algo más tranquila.
—Aun así, no deberías andar sin camiseta.
—No ando sin nada —contestó Mauro, siguiéndole el juego—. Carito, ¿no fuiste tú la que manchó mi camiseta?
—En fin, ya es tarde, deberías irte a casa. Gracias por venir hoy, y perdón por todas estas molestias.

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