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El Tío que Robó Mi Corazón romance Capítulo 163

Pablo se veía entre colorado y pálido, con la mente dándole vueltas al asunto.

—Veinticinco por ciento como máximo, Carito. Tu papá va a transferirte el veinticinco por ciento de las acciones. Ya solo me quedaría el treinta y cuatro por ciento.

Aunque ese treinta y cuatro por ciento seguía siendo la parte más grande de la empresa. Además, la hija también llevaba el apellido Sanabria, así que para los demás inversionistas esa transferencia no cambiaba nada.

Carolina, en el fondo, ya esperaba ese veinticinco por ciento.

—Está bien, hoy mismo lo resolvemos. Papá, en cuanto esté listo, en ese momento me caso con él.

Dicho eso, Carolina se marchó sin voltearse.

Pablo se dio cuenta de que su hija era la que más se le parecía.

Igual de calculadora, igual de impasible, solo pensaba en el beneficio propio.

Se quedó sentado en el sillón por un buen rato, debatiéndose por dentro. Si no arriesgaba, no iba a ganar nada.

¿De qué servían las acciones si la empresa no recibía dinero fresco? Iban directo a la quiebra.

Grupo Loza, con que le soltara un poco de lo que ganaba, ya Sanabria Innovación podría sobrevivir por un año.

Carolina apenas había llegado al crucero cuando recibió un mensaje de Pablo.

[En la tarde empiezo el proceso de transferencia. Hay que convocar a junta de accionistas; con suerte, pasado mañana queda listo. ¿Te parece?]

Carolina soltó una risita, satisfecha. Confirmado: solo siendo firme se conseguía lo que uno quería.

[Perfecto.]

A partir de ese instante, para Carolina, Pablo dejó de ser su padre.

[Oye, Mauro, nada grave. Solo quería confirmar a qué hora vamos mañana al registro civil.]

Mauro miró el celular, pensativo. Sus dedos largos tecleaban con calma: —Ocho y media. Apenas abran, vamos. Seremos los primeros en casarnos.

...

A las ocho y media del día siguiente, Carolina eligió una camisa blanca sencilla y se puso un poco de maquillaje. Llegó puntual a la entrada del registro civil.

Justo ahí, Mauro la esperaba con otra camisa blanca, una mano en el bolsillo. Nadie sabía cuánto tiempo llevaba ahí parado.

Mauro cruzó el espacio en dos zancadas, con una leve sonrisa curvándosele en los labios.

—Ya llegaste.

Carolina se dio cuenta de que la mano en el bolsillo de Mauro temblaba un poco.

Ella le sonrió de lado.

—Vámonos, entremos.

Llenaron papeles, se tomaron la foto. Cuando Carolina sostuvo el acta de matrimonio roja en la mano, todavía no se lo podía creer.

¿Ya estaba casada?

Sentía que todo iba demasiado rápido.

Mauro, junto a la ventana, sacó el celular y tomó una foto del acta.

Luego la guardó con cuidado en el bolsillo de su camisa y caminó tranquilo hacia Carolina.

—Vamos al estrado del juramento.

Carolina nunca había revisado el protocolo, así que no sabía que esa parte era opcional.

Mauro, como si nada, le sujetó la muñeca y la llevó al estrado.

Puso el celular en modo video y le sonrió al funcionario.

—¿Podría grabarnos? ¿Sería tan amable?

Sacó del bolsillo una pila de billetes de cien pesos y se los ofreció con educación.

El funcionario se sorprendió tanto que casi tartamudeó.

—No, no hace falta, muchacho, qué atento eres.

—Gracias, solo es un detalle de nuestra parte.

¿Solo un detalle? ¡Era un detalle de diez mil pesos! El funcionario ya estaba feliz.

—Claro, claro, les voy a grabar su video bien bonito.

Carolina miraba, desconcertada, a Mauro, que con toda naturalidad tomó uno de los papeles del juramento.

—Vente, lo leemos juntos.

Ella titubeó.

Todos se reían sin parar.

—Muchas felicidades, que vivan cien años juntos.

—¡Qué pareja más bonita, parecen de novela!

Mauro, agradecido, le dio el doble de dinero a quien les echó flores.

Cuando por fin terminaron con todo, Carolina salió del registro civil todavía medio mareada.

Con el ceño fruncido, le preguntó:

—¿Tú también preparaste regalos?

¿Eso venía en el protocolo?

Nunca lo había oído.

Mauro contestó con toda seriedad:

—Claro, así se hace. Todos los que se casan hacen esto; si no me crees, pregunta.

Carolina puso los ojos en blanco. Ninguno de sus conocidos se había casado.

¿O se lo iba a ir a preguntar a Alexis cuando le tocara?

—Bueno, está bien, si tú dices...

Mauro, todavía sujetándole la mano, sacó un anillo y se lo puso en el dedo anular. Luego le pasó el suyo a Carolina.

—Tú ponme el mío.

Carolina vaciló.

—...Va.

Solo era un matrimonio por compromiso, ¿y él salía con tanto ritual?

Con las manos sudorosas, Carolina deslizó el anillo en el dedo de Mauro.

Él entrelazó sus dedos con los de ella, levantó su mano y —clic— tomó una foto con el celular.

—Listo, ya nos vamos a casa. Señora Loza, ahora vamos a tu departamento para hacer la mudanza.

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