Mónica se quedó sin aire, sintiendo cómo la sorpresa le recorría el cuerpo.
—Carito, ¿escuché bien? ¿El tío Mauro se metió a la cocina... por mí?
Simón, que apenas se había alejado un par de pasos, casi se tropieza.
Se volvió a mirar a Mónica con lástima. Antes no se había dado cuenta de que Mónica podía ser tan fantasiosa.
Carolina sonrió con dulzura.
—Seguro se enteró de que venías y se animó a cocinar, ¿no crees?
Con el apoyo de su amiga, Mónica se puso aún más contenta.
—¡Ay, quién lo diría! Ese tío Mauro, que siempre parece tan distante, resulta que también tiene su lado cariñoso.
Pero su burbuja se rompió en cuanto bajaron y vio el plato de su amiga: un filete en forma de corazón.
Mónica apretó los labios y cortó su filete con rabia, mientras le lanzaba miradas llenas de reproche al tío Mauro.
Mauro, por su parte, cortaba su filete a su propio ritmo, con toda la calma del mundo. El suyo también tenía forma de corazón.
—¿Está fácil de cortar? Si quieres, te ayudo y te cambio el plato —le ofreció a Carolina.
Carolina negó con la cabeza.
—No, no te preocupes, yo puedo sola.
Sin embargo, Mauro ignoró por completo su respuesta, tomó el plato de Carolina y le dejó el suyo, el cual ya tenía el filete perfectamente cortado.
Mónica se llevó un tomatito cherry a la boca. —¡Qué ácido está!— pensó. Hoy los tomates sí que estaban agrios, o quizá era otra cosa lo que le sabía tan mal...
Al terminar, Mónica no se quedó mucho tiempo más y se despidió.
Se fue con el corazón agridulce: por un lado, sentía que su amiga ya no le pertenecía, como si se la hubieran arrebatado; por otro lado, ver lo bien que el tío Mauro trataba a Carito le quitaba una preocupación de encima.
—¡Ya verás, primo! ¡Te vas a arrepentir de haberla dejado ir!— pensó para sus adentros.
...
Después de la comida, Carolina ordenó un poco su equipaje. En realidad, solo estaba reconociendo el terreno, volviendo a familiarizarse con dónde había puesto cada cosa.
El vestidor era enorme, y más de la mitad del espacio lo ocupaba su ropa.
La de Mauro era poca, pero cada prenda se notaba de marca y costosa.
En el segundo piso, incluso le habían preparado una habitación entera solo para ella, como estudio.
Sus libros de derecho llenaban la mitad de la estantería, y también le habían colocado una cafetera nueva.
Reafirmó con voz firme:
—Te lo dije antes: no pienso casarme una segunda vez.
Carolina se mordió el labio inferior y se quedó callada un momento antes de hablar.
—Entonces... ¿podemos posponer un poco la fecha?
—Está bien.
Mauro la miró con ternura, la calidez de su mirada se extendió hasta la comisura de sus ojos.
—Solo dime, Sra. Loza, ¿cuándo piensas ir conmigo a ver a mi papá?
Carolina sonrió de lado.
—Muy pronto. ¿Qué te parece el día que se case tu sobrino el mes que viene?
En ese instante, Mauro comprendió el mensaje oculto en su propuesta. Si iban juntos en esa fecha, sería una declaración pública y una muestra de apoyo. Él ya había aceptado ayudarla, así que no iba a echarse para atrás.
Le sonrió con complicidad.
—Perfecto, tú mandas.

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