Mauro se plantó firme frente a la puerta, deteniendo a los que venían detrás para evitar el típico caos de empujones.
Cuando su pequeña sobrina abrió la puerta, su mirada se clavó en la cama, completamente cubierta por el blanco radiante del vestido de novia.
En ese instante, él avanzó con calma, atravesando al grupo sin tropezar, sin apuros. Su atención solo se centraba en la persona más importante de su vida, como si el bullicio alrededor desapareciera y el mundo se apagara por completo.
Su voz, profunda y magnética, quebró el silencio de manera irresistible.
—Amor, ya llegué.
Las orejas de Carolina se tiñeron de rojo ante la intensidad de su mirada, y respondió apenas en un susurro, con una timidez encantadora:
—Ajá...
Al escucharla, Mauro avanzó con esa seguridad suya, se arrodilló sobre una rodilla y, con una ilusión que se asomaba en la comisura de sus labios, preguntó:
—Amor, ¿te quieres casar conmigo?
Todos se quedaron boquiabiertos ante la franqueza de su propuesta. Incluso Natalia y la otra dama de honor olvidaron que el novio debía buscar los zapatos de la novia primero.
La piel de Carolina, tan delicada como la porcelana más fina, y sus ojos almendrados, tan claros y profundos, destilaban nervios y emoción.
Sus labios rosados se abrieron apenas, dejando escapar la respuesta que hacía que el corazón de Mauro latiera a mil por hora.
—Sí, quiero.
Mauro tragó saliva y sintió el pecho a punto de explotar. Esa respuesta, suave y dulce, le erizó la piel y le retumbó por dentro.
Sin esperar más, levantó el velo blanco y se inclinó para besarla.
El grupo de amigos rompió el silencio con gritos y chiflidos, volviendo el ambiente una fiesta.
Carolina parecía ajena a todo el ruido, solo sus pestañas temblaban con fuerza, delatando lo nerviosa que estaba.
Entre emoción y nervios, el momento era perfecto.
—¡Oigan, tío, te estás saltando el protocolo! —Mónica interrumpió el beso apasionado.
—¡Todavía no encuentras los zapatos de la novia! ¿Cómo es que ya la estás besando?
Mauro, con una mirada llena de cariño, se volvió hacia la novia, cuyas mejillas estaban tan rojas como una manzana madura.
—Amor, dime bajito, ¿dónde escondiste tus zapatos?
Carolina bajó la mirada y murmuró en voz baja:
—Están debajo de la falda del vestido.
Mónica y Natalia casi se arrancan los cabellos.
—¡Ay, Carito! ¿Pero cómo se los dices así de fácil?
Mauro soltó una sonrisa de triunfo. Apartó la falda con manos firmes y enseguida encontró los zapatos plateados escondidos.
Con tono orgulloso, pero divertido, comentó:
—¿Ven? Esto es porque mi esposa me cuida, nada más.
Luego, Mauro la tomó entre sus brazos, como si no pesara nada, aun con el vestido pesado y elaborado.
—¿Te peso mucho? —preguntó Carolina mientras se aferraba a su cuello.
Mauro le guiñó un ojo, bromeando:



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