Algo dentro de Mauro se vino abajo.
Sentado en el asiento del copiloto, Mauro tenía la mirada tan oscura como la noche más profunda. Los dedos, apretados sobre sus rodillas, temblaban sin control.
—¡Acelera, ya!
El conductor, tenso como una cuerda a punto de romperse, pisó el acelerador con fuerza.
La mente de Mauro era un caos; solo podía pensar en ella. Sus gestos, su sonrisa… todo su mundo giraba alrededor de Carolina. Si algo le pasaba, si ella moría, su mundo simplemente dejaría de existir.
—Sr. Loza, no, no se preocupe tanto. ¡La señora va a estar bien! —El conductor apenas pudo articular unas palabras para consolarlo, aunque ni él mismo se las creyó.
Los ojos de Mauro se tornaron rojos, como si la rabia y el miedo lo estuvieran devorando por dentro. Su voz, ronca y firme, cortó el aire:
—A ella no le va a pasar nada.
Tenía que repetírselo, una y otra vez. Ayer mismo, la había visto sonreír con un ramo de flores en la mano, más radiante que cualquier flor. No podía, no debía pasarle nada.
Apenas el carro se detuvo frente al hospital, Mauro salió disparado como un rayo.
—¿Dónde está la chica que acaban de traer en la ambulancia? ¿Dónde está? —preguntó con una urgencia que asustó a todos.
Enfermeras y médicos se miraron entre sí, sorprendidos por la desesperación de aquel hombre.
—¿Qué chica? ¿Cómo se llama? —balbuceó una de las enfermeras.
En ese momento, un médico se acercó corriendo.
—La chica que trajeron hace poco por un accidente… no sobrevivió.
Mauro giró lentamente, sus ojos lanzando una mirada filosa como un cuchillo.
—¿A quién se refiere? ¿Quién murió?
El médico titubeó, confundido ante la intensidad de Mauro.
—A la chica que acaban de traer… usted, ¿es familiar suyo?
Sintió que el corazón se le apretaba con una fuerza inhumana. Todo su cuerpo se quedó helado. No podía ser, simplemente no podía ser ella.
De pronto, una voz lo sacó de ese abismo.
—¡Sr. Loza! —gritó Sebastián desde el pasillo—. ¡La señora está aquí, le están poniendo suero!
Mauro revivió de golpe. De nuevo la esperanza le iluminó los ojos, y sin dudarlo, corrió hacia la voz de Sebastián.
En la sala de observación, Carolina dormía tranquila. La herida en la frente ya había sido vendada.
—Sr. Loza, le hicieron una resonancia y el doctor dijo que no hay peligro. Solo necesita descansar un rato y estará bien. Fueron heridas leves, nada grave. Por suerte, fue solo un susto.
Mauro apenas asintió, tragándose el sabor metálico del miedo que aún le llenaba la garganta.


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