Dentro del carro, Carolina seguía aturdida por todo lo que había descubierto ese día. La cantidad de información la tenía con la mente hecha un nudo, incapaz de reaccionar por un buen rato.
—Mauro, ¿esta noche podrías quedarte conmigo en mi departamento?
El diario de su madre estaba guardado en ese pequeño departamento que apenas empezaba a sentir como hogar.
Mauro asintió con suavidad.
—Lo que tú digas, mi amor. —Sabía bien que ella necesitaba tiempo y espacio para procesar lo que había pasado.
Apenas llegaron, Carolina se encerró en su habitación. Se sentó frente al escritorio, respiró hondo y abrió el diario con manos temblorosas.
[Hermano, hoy probé un corte de carne en un restaurante que me recordó a lo que cocinaba el chef de la casa. Me pregunto cómo están papá, mamá y ustedes. Los extraño, pero no me atrevo a llamar. —Ofelia]
[¿Será que mi hermano ya se casó? Siempre tan reservado y altivo, pero tampoco puede quedarse solo toda la vida. Mamá, ¿sigues preocupada por su boda? —Ofelia]
[Papá, parece que a veces las cosas bonitas solo son una fachada. Hoy esa mujer me llamó. No le importa que yo lo sepa, está segura de que no me atreveré a irme. No puedo dormir. Carito apenas tiene un año. Cuando crezca un poco más, prometo que volveré con ustedes, ¿te parece? —Ofelia]
Carolina soltó el aire, tratando de contener la punzada que sentía en el pecho y el nudo en la garganta.
Mamá, así que yo era la carga que no te dejaba escapar...
...
—Toc, toc—
Mauro llamó a la puerta. Carolina se limpió disimuladamente los ojos y fue a abrirle.
Él llevaba el celular en la mano y notó al instante el brillo de lágrimas en los ojos de ella.
—¿Estuviste llorando? —preguntó acercándose de inmediato, rodeando su cintura con los brazos para atraerla hacia él.
—No... Sólo leí el diario de mi mamá y me puse triste. Me duele por ella, por lo que tuvo que aguantar.
Carolina apoyó la cabeza en el hombro de Mauro.
—Dime algo, ¿crees que si mi mamá no me hubiera tenido, habría tenido un final diferente?
Si Ofelia no la hubiera dado a luz, seguro habría tenido el valor de dejarlo todo y regresar con su familia, lejos de esa prisión.
Mauro la miró con una expresión imposible de descifrar. Bajó la cabeza y le dio un pequeño mordisco en el cuello.
—¡Ay! —Carolina soltó un gritito, sorprendida.

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