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El Tío que Robó Mi Corazón romance Capítulo 89

Así que aquí era donde la estaban esperando.

Carolina soltó una risita desdeñosa.

—¿Y luego? ¿Ahora sí quieres venir por esto? Pues vas a quedarte con las ganas.

—Mi abuela, en vida, ya dejó todo a mi nombre, y hasta lo certificó. Si de verdad lo quieres, mejor pídele a mi papá que te dé algo más. Al fin que él todavía tiene el 59% de las acciones.

Al escuchar esto, Estela sintió cómo los dientes le rechinaban de la rabia.

Si de Pablo pudiera conseguir algo, ni de loca estaría peleando por ese 5% que Carolina tenía en sus manos.

Después de tantos años al lado de Pablo, ni un solo peso en acciones había conseguido. ¿Quién no se iba a enfurecer con eso?

Pablo intervino con su tono impasible.

—¿Cómo crees que puedo transferir mis acciones así como así? Necesito ese porcentaje para equilibrar a los otros accionistas principales. No hay que complicarse, mejor que Carolina te transfiera esas acciones directamente, Sra. Estela.

—Carito, sé razonable, no hagas que tu papá se moleste.

Carolina se rio, pero la chispa de enojo ardía en sus ojos.

—¿Es en serio? Lo que mi abuela me dejó es mío, ¿por qué tendría que dárselo a otra persona?

Ante su postura firme, Estela solo pudo fruncir el ceño, molesta, y jalar la manga de Pablo.

—Pablo...

Pero ni siquiera Pablo tenía mucho que hacer frente a la terquedad de su hija.

Carolina sonrió con ligereza.

—Bueno, yo ya me voy arriba a dormir otro rato. No me llamen para la cena, ni me va a pasar la comida.

Verlos ahí le quitaba hasta el antojo de probar bocado.

...

En cuanto Carolina subió las escaleras, Estela explotó.

—¿Qué te pasa? Me prometiste que, cuando tu mamá faltara, ese 5% sería para mí. Ahora resulta que se lo dejas a tu hija, ¿y Zoe y yo qué? ¿No somos tu familia, o qué?

Pablo se llevó la mano a la cabeza, fastidiado.

—¿Hablas de Mauro? Pero ese tipo no se fija en cualquiera.

Si no, ya se habría casado hace rato.

A sus treinta y tres años, ni su papá Benjamín ha logrado convencerlo de formar una familia.

—¿Y si logramos que no le quede de otra?

Pablo sintió cómo el corazón le latía más rápido.

—¿Te refieres a...?

A esa altura, el rostro de Zoe ardía de la emoción.

Mauro, con esos hombros anchos, cintura definida y las piernas largas, rebosaba una energía varonil imposible de ignorar.

Solo de imaginarse en sus brazos, Zoe sintió cómo el calor le subía a las mejillas.

Miró de reojo hacia el cuarto de Carolina y murmuró con una sonrisa torcida:

—Carolina, prepárate. El día que yo entre a la familia Loza, a ver si no terminas llorando a escondidas.

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