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Embarazada por la venganza. romance Capítulo 6

Ciertamente no fue fácil.

Planeamos aquello por varios días, y Dalia tenía razón: muchas mujeres habían sufrido el maltrato de sus esposos. El refugio de Esperanza que ella había formado le había forjado grandes alianzas. Mujeres en cargos poderosos que habían logrado salir adelante gracias a su ayuda nos proporcionaron todo lo que necesitábamos para aquello.

En un hospital cercano, cubriendo mi rostro con mi propio cabello, extrajeron muestras de mi sangre. Una enfermera, que había sido abusada por su esposo, dijo:

—Con esto será suficiente —después de haber extraído dos enormes frascos—. Asegúrate de que llames aquí a la ambulancia. Entonces yo falsificaré los documentos.

Le dijo la enfermera a Dalia.

Y entonces llegó el momento de ejecutar la desaparición.

Corrimos hacia un acantilado desde donde podía verse la ciudad. Dalia había difundido la información de que estaríamos ahí, y justo como lo sospechábamos, los hombres de los McCarthy estaban tan al pendiente de mí que cualquier vestigio de información lo iban a seguir hasta el final.

A través de la curva de abajo, pudimos ver cómo los autos de los hombres nos seguían.

—Llegó el momento —dijo ella—. Mi amiga en el hospital ayudará a falsificar la documentación. Pero esto tenemos que hacerlo juntas.

Ambas bajamos del auto. Yo, con un ladrillo en la mano, presioné el pedal y el auto aceleró. Dentro había cosas mías: mis anillos, el anillo de compromiso que Nicolás me había dado, unas cuantas joyas que había logrado esconder. Todo lo había dejado ahí. Porque con ese auto se iría mi pasado, y comenzaría mi nuevo futuro.

Cuando dejé el ladrillo en el pedal, el auto aceleró a toda velocidad. Dalia y yo corrimos a escondernos detrás de una piedra enorme, que estaba a la orilla de la carretera. Vimos cómo el auto golpeó la barda y comenzó a rodar por el acantilado. Pudimos escuchar cómo, en medio de su trayecto hacia el río abajo, explotó.

Los hombres llegaron, bajaron de su auto y observaron a lo lejos. Entonces Dalia tomó su teléfono y llamó para reportar un accidente:

—En la villa del Acantilado del Diablo, un auto acaba de rodar por la ladera.

Llamó justamente al hospital donde estaba su amiga. Luego cortó la llamada.

Los hombres se quedaron ahí un rato, al menos media hora, observando. Pude ver cómo llamaban por teléfono, tal vez avisando a los McCarthy sobre mi accidente. Le hubiera vendido mi alma al diablo por ver el rostro de Nicolás en el momento en el que le avisaran sobre el accidente. Sentía tanta rabia por él como tanto amor. Nunca me llegué a imaginar que podrías llegar a sentir dos emociones por la misma persona con tanta intensidad.

Los hombres de los McCarthy tuvieron que salir huyendo cuando los bomberos y la policía aparecieron por la colina abajo. Subieron en sus autos con sus trajes oscuros, sus armas y sus gafas, y salieron disparados a toda velocidad por la carretera.

—Llegó el momento —me dijo Dalia, tomándome de la muñeca y alejándome de ahí.

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