—¡No!
El cambio tan brusco de tema hizo que Gloria no reaccionara al instante.
Pero en cuanto oyó lo de “tía”, como por reflejo se puso de pie de golpe.
—Sé que lo hace por mí, pero… así no. Se vuelve un relajo.
Doña Valentina, al verla tan reacia, entendió que esa idea tan descabellada no iba a cuajar.
—Está bien, está bien… entonces que sea mi ahijada-nieta.
Paulina forzó una sonrisa. Ya medio había aceptado la idea anterior, pero estaba claro que entre menos rara, mejor.
—Entonces yo te digo Gloria. Y tú… serías la hermana de mi hermano.
Los ojos turbios de Doña Valentina se entrecerraron. Por dentro ya estaba calculando el siguiente paso: ir con la familia Granados a platicar lo de Gloria y Jaime.
Solo si se volvía “la abuela” de Gloria, iba a poder salir a defenderla con todas las de la ley.
Paulina captó la intención y, a escondidas, le hizo un gesto de aprobación.
En cambio, Gloria y Federico se quedaron tiesos, y sin querer se miraron.
¿Hermano… hermana?
Dos personas que alguna vez fueron marido y mujer, de pronto quedaban como “hermanos”.
Y ella todavía llevaba un hijo de Federico en el vientre. Ahora sí era un enredo.
—Tampoco —Gloria se negó sin rodeos—. Abuela, no se preocupe. Ya metí mi renuncia. Con que me vaya de Holding Rivadeneira, se acabó el problema.
Con que se mantuviera lejos de Federico.
Alicia y los Orozco dejarían de verla como una piedra en el zapato.
Y nadie se enteraría de su embarazo.
—Que me digas abuela no te impide renunciar —replicó Doña Valentina.
Claro que no pensaba dejarla seguir partiéndose el lomo ahí.
Además, ya ni era secretaria; la habían mandado a un área de apoyo.
Pero el entusiasmo de la señora le estaba cayendo a Gloria como una losa.
—Si renuncia o no, usted no decide —intervino Federico, de mal humor, con el mismo tono helado—. Si no tiene otra cosa, mejor váyase.
—Llévate a mi abuela y a Pauli a casa —Federico le aventó a Pablo ese otro problema: sacar de ahí a la señora y a Paulina.
Doña Valentina se enfureció; todavía no terminaba de hablar con Gloria.
—Señora, señorita, yo las acompaño —Pablo se acercó y se inclinó con respeto.
Federico seguía con cara de pocos amigos, y Gloria no cedía con lo de “hacer familia”.
Quedarse solo iba a ser un silencio incómodo, así que Doña Valentina decidió irse por ahora.
—Luego lo volvemos a hablar. Glori, piénsalo bien, ¿sí?
Gloria acompañó a Doña Valentina y a Paulina hasta la puerta. Cuando cerró y regresó, se quedó con la duda:
¿Federico quería decir que no aceptaba su renuncia?
Ya no era su secretaria; en teoría, para él ya no servía.
—De verdad me voy a ir.
—Ya con respaldo hasta hablas distinto —Federico jugueteaba con una pluma, sin apartar la mirada de ella—. Hiciste un desastre, me dejas el problema y ¿nada más te vas?
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