—La señora Mendizábal —dijo Gloria.
Gloria sabía algunas cosas de los Mendizábal, así que se lo explicó tal cual:
—Es la esposa del hermano menor de Lucas. Ellos dos hacen mucha caridad. Tienen un hijo… creo que de unos diez y tantos. Y se decía que habían perdido a una hija.
Virginia se sentó a su lado.
—Entonces, por lo que dices, esa pareja es buena gente. ¿Y la rama del hermano mayor… está de la fregada?
—En el círculo de gente pesada de Río Alicante, sí se escucha eso de los dos hermanos —Gloria asintió. No lo dijo con todas sus letras, pero se entendía.
—Si de verdad pertenezco a la familia del segundo hijo… entonces sí me habría tocado otra vida.
Virginia sacó los cabellos y se quedó pensando. Luego se levantó.
—Voy a hablarle a Raúl para que me eche la mano.
—Ve.
Gloria la vio regresar al cuarto. A los pocos minutos, Virginia salió ya cambiada.
—Voy a llevarle los cabellos a Raúl.
En la entrada se puso los zapatos y se echó la mochila al hombro.
—Cuando regrese la empleada, le dices, ¿sí? Trato de estar de vuelta antes del mediodía.
Gloria se levantó a despedirla.
—Maneja con cuidado. No te aceleres.
Virginia estaba más tranquila de lo que Gloria esperaba. Incluso más tranquila que ella.
Quién sabe si era que no se lo creía… o que era demasiado y todavía no le caía el veinte.
—Ya me voy —dijo Virginia, abriendo la puerta.
De pronto se detuvo, se volteó y abrazó a Gloria con fuerza.
Gloria se quedó en shock un segundo, luego le palmeó el hombro.
—Yo sabía que estabas haciéndote la fuerte. Por dentro ya traes el huracán, ¿verdad?
Yolanda ya había investigado: lo más probable es que Virginia sí fuera heredera de esa rama.
Virginia solo necesitaba una prueba científica para aceptar, en tan poco tiempo, que había encontrado a sus papás.
—Gloria… —tenía los ojos llenos de lágrimas; en cuanto la vio, se le soltaron—. Por fin te encuentro. Te busqué por todas partes durante tanto tiempo…
Le agarró la mano con fuerza. A Gloria le dolió la muñeca, pero no logró zafarse.
—Señora Mendizábal, cálmese, por favor.
La mujer aflojó de golpe, se secó las lágrimas e intentó sonreír.
—Hija… te asusté, ¿verdad? Es que me emocioné demasiado. Se me fue que tú todavía no sabes lo nuestro.
Gloria bajó la mirada y se sobó la muñeca, con una calma helada en la cara.
No preguntó nada. No le siguió el juego. No dijo “¿qué relación?”.
—Gloria… tú eres mi hija.
Gloria se quedó inmóvil.
Por un instante fue como si se hubiera quedado sorda: ya no escuchó lo que la señora Mendizábal dijo después.
***

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: EMBARAZADA TRAS EL DIVORCIO: NO ME QUITES A MI HIJO, SEÑOR CÓRDOBA