—Yo...
El «no lo quiero» se le quedó atorado en la garganta. El dolorcito sordo que sentía le recordaba que no era momento de hacerse la orgullosa.
Margarita tosió un par de veces y jaló al ama de llaves hacia la sala.
—Oye, ¿ya se le quitaron bien las ronchitas a Lalo?
—¡Sí, ya está perfecto! —El ama de llaves, que no había alcanzado a ver para qué era la pomada, se soltó del agarre de Margarita y caminó hacia Gloria—. Oye, Gloria, ¿te sientes mal de algo?
A Gloria le ardieron las orejas de la vergüenza y le lanzó una mirada fulminante a Federico.
Él, en cambio, tenía una ligera sonrisa en los labios; ver cómo ella se sonrojaba hasta la raíz del cabello la hacía lucir increíblemente atractiva a sus ojos.
—Si el señor está aquí, no nos toca a nosotras preocuparnos por lo que le duela a la señora —intervino Margarita para salvar la situación, llevándose al ama de llaves a rastras.
Gloria agarró el tubo de pomada a la velocidad de la luz y se lo guardó en el bolsillo.
—No te voy a dar las gracias.
—Nadie te las pidió —respondió Federico mientras se sentaba frente a ella—. Además, me encantaría ayudarte con eso.
—No hace falta —lo cortó Gloria de tajo—. Por cierto, ¿qué hacías ayer en ese club? ¿Fuiste a ver al señor Muñoz?
—Muy pronto dejará de ser el señor Muñoz —replicó él.
Eso era exactamente lo que Gloria había supuesto. Desde el momento en que el viejo intentó tenderle una trampa a Federico, sin importar si funcionaba o no, su destino estaba sellado.
De pronto, Gloria se acordó de algo.
—¡Mi bolsa! El cabello de Tomás Mendizábal sigue aden...
—Pablo ya lo mandó al laboratorio —la interrumpió Federico—. Los resultados deben estar listos mañana.



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