Gloria no supo qué decir.
Pasó un buen rato hasta que cambiaron de tema y el ama de llaves por fin le preguntó: —Gloria, todavía no has desayunado. ¿Vas a comer ahorita? ¿Te caliento algo?
—Sí, por favor, gracias. —Gloria se llevó a Lalo al comedor; no quería separarse de él ni un segundo.
Mientras comía, se acordó de que no le había contestado los mensajes a Virginia, así que aprovechó para contarle el berrinche que había hecho Lalo por el susto.
Virginia le respondió de inmediato: [¡No manches, tienes toda la razón! Hay cosas que los hombres manejan mejor. En estos días que traje a Bruno a la casa de los Mendizábal, me di cuenta de que mi forma de educarlo a veces no funciona. Mi papá tiene su propio estilo y, en tan poquito tiempo, Bruno ya es más apegado a su abuelo y a su tío que a mí.]
Lo que de verdad la tenía celosa era que Bruno ya llevaba dos noches seguidas durmiendo con su tío.
Gloria no contestó; simplemente bajó el celular.
Su decisión de pelear por la custodia de Lalo no iba a cambiar por nada del mundo.
Sabía perfectamente que Federico sería un papá increíble, pero dudaba mucho que fuera un buen esposo.
Un matrimonio sin amor era una carga insoportable. Ella ya lo había aguantado dos años y no pensaba soportarlo más.
—Señora, el señor se fue a la oficina. Dijo que no va a venir a comer al mediodía, que no lo espere.
Margarita cruzó el comedor hacia la cocina, cargando una bolsa de mandado llena de verduras frescas. —¿Qué se le antoja para comer ahorita? ¡Yo se lo preparo!
—Lo que sea, está bien —respondió Gloria.
—Entonces yo le armo algo rico —dijo Margarita mientras sacaba las cosas y las acomodaba en el refrigerador—. El señor seguro ni pegó el ojo anoche. Híjole, traía unas ojeras tremendas cuando se fue en la mañana. De seguro hay broncas grandes en la empresa, si no, se hubiera quedado a descansar.
La noche anterior, cuando Gloria se quedó dormida, Federico estaba sentado junto a ella y Lalo. Si es que logró dormir algo, debió ser muy poco antes de que amaneciera.
—Oiga, señora, ¿y si le lleva de comer a la oficina?
Margarita lo sugirió como si se le acabara de ocurrir. —Se fue sin desayunar. Con tanto trabajo seguro ni se va a acordar de comer y luego le va a caer pesado.
—Yo...
—Yo me quedo cuidando a Lalo. Vaya con confianza. Además, guisar para una sola persona está difícil, mejor preparo de una vez para usted y para el señor Córdoba.
El ama de llaves apareció con otra bolsa del mandado. —Y fíjese, todo esto lo escogió el señor Córdoba en persona. Qué detallista.


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