—Señor Córdoba, Gloria, si no hay nada más, me retiro —dijo Pablo recogiendo los documentos, asintió con la cabeza y salió de la casa.
Al volver al coche, se quedó en silencio unos segundos, imitando el tono de Federico:
—«¿Necesitas que te acompañe? Ejem, entonces ve tú, déjame a Lalo a mí».
Pablo se estremeció.
¡Desde cuándo el señor Córdoba, que siempre había sido de pocas palabras, se había vuelto así!
A la mañana siguiente, en el estacionamiento de la cafetería.
Gloria no se imaginaba que, cuando Federico dijo que le dejara a Lalo, se refería a traerlo con ellos y quedarse esperándola en el coche.
Se quitó el cinturón de seguridad y miró hacia atrás.
—Hace calor en el coche y no traemos fórmula, ¿qué vas a hacer si Lalo hace un berrinche?
—Entraré a buscarte —respondió Federico sin dudar.
Gloria se quedó sin palabras.
Si a fuerzas quería venir, no entendía cuál era el punto.
Gloria abrió la puerta y se bajó del coche, decidida a terminar rápido mientras Lalo seguía dormido.
Tomás había hecho una reservación.
En cuanto Gloria entró, un mesero la guio hacia un reservado en el tercer piso.
En el cubículo de la esquina, con la cortina a medio cerrar, se veía a alguien sentado.
El mesero abrió por completo la cortina y Gloria entró.
—Señorita Loyola.
—Tomás se levantó a recibirla al verla llegar.
Su tono, que parecía un tanto frívolo, escondía una madurez casi imperceptible.
—Señor Mendizábal —saludó Gloria asintiendo, y se sentó frente a él.
—No seamos tan formales tú y yo —dijo Tomás sentándose. Sirvió un poco de café recién molido en su taza y añadió—: Hermana.

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