—¿Ya te pusiste tu pomada? —volvió a preguntar Federico.
Gloria sintió que se le cerraba aún más la garganta y tuvo unas ganas enormes de echarlo de su cuarto.
—¡A ti qué te importa!
Arrugó el ceño y sintió que las orejas le ardían, aunque, por suerte, la falta de luz disimulaba su sonrojo.
Sin embargo, Federico no era tonto; por su tono de voz se dio cuenta de lo apenada y molesta que estaba.
—No me pude controlar ese día por culpa de las medicinas. El doctor fue muy claro en que debes aplicarte bien la pomada, o vas a estar sufriendo.
Y tenía razón.
Gloria no pensaba ponérsela, pero la molestia era demasiada.
Sentía ardor e inflamación, a tal grado que hasta le incomodaba caminar.
Se había untado un poco de pomada, pero le costaba trabajo aplicársela sola.
Al final, lo hizo tan mal que el efecto fue casi nulo.
—Acuéstate, déjame revisarte.
Con la puerta abierta y esa tenue luz amarilla, la voz profunda de Federico encendió de inmediato una fuerte chispa de tensión entre los dos en plena noche.
—No hace falta —insistió Gloria.
Habían vuelto a estar juntos por otras circunstancias, pero aun fingiendo ser esposos, ella no estaba dispuesta a llegar a... ¡esos extremos!
De repente, sintió un jalón en la muñeca que la metió de golpe al cuarto, y por la misma inercia cayó sobre la cama.
Unos dedos fríos se deslizaron bajo su ropa y, con bastante agilidad, engancharon el resorte de su pantalón de pijama, mucho antes de que ella siquiera pudiera procesarlo...
—Está un poco irritado, tal vez te arda cuando te ponga la pomada, aguanta tantito.
Federico se puso un poco de ungüento en los dedos y lo aplicó con cuidado sobre la zona afectada.
El contraste entre el frío de la pomada y el calor de sus dedos la hizo estremecerse de incomodidad.
Gloria tensó el cuerpo e intentó cerrar las piernas por mero instinto, pero la mano de Federico se lo impidió.
El sonido de sus respiraciones se mezcló.
Ella exhaló con un ligero temblor, sintiendo el leve aliento de Federico rozándola, provocándole unas leves cosquillas.
Era como estar bajo tortura; no sentía dolor como tal, pero la vergüenza era inmensa y la situación, insoportable.
—¿Ya terminaste? —preguntó con voz temblorosa, al ver que Federico llevaba un rato sin hacer ningún movimiento.
Federico pasó una mano por su espalda baja, la levantó un poco y le subió el pantalón.
Lo hizo en un solo movimiento rápido.


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