Virginia palideció y, por puro instinto, se paró delante de Gloria para protegerla.
—Virgi, ven para acá —Yolanda le hizo una seña con la mano.
Virginia volteó a ver a Gloria.
—Me tengo que ir, regrésate adentro.
—Sí —Gloria asintió levemente. La actitud de José y su esposa la hizo sentirse impotente y oprimida.
—Súbanse al coche.
José le hizo un gesto a Yolanda para que metiera a Virginia y a Bruno al vehículo.
Luego subió los escalones y miró a Raúl.
—Raúl, tú fuiste quien propuso venir al club hípico a las afueras. ¿Acaso... esta es la amiga que invitaste?
Virginia, que ya estaba junto al auto con Bruno en brazos, escuchó la pregunta de José y se dio la vuelta.
—No, papá...
—Virgi, súbete —Yolanda la jaló hacia el interior del coche—. De verdad que nos das puros dolores de cabeza.
Virginia fue forzada a subir al vehículo.
—Una disculpa, señor...
—Don José, no fue el doctor Esquivel quien me invitó, yo vine por mi propia cuenta —interrumpió Gloria la disculpa de Raúl—. Lamento mucho que Virginia y yo nos hayamos tenido que ver a escondidas, sé que estuvo mal.
José giró la cabeza para verla.
—Señorita Loyola, ya se lo dejé muy claro. ¡No quiero que vuelva a ver a Virgi!
—Acepto que la forma en que lo hice no fue la correcta, pero su decisión de separarnos solo es correcta para usted; para Virginia y para mí no solo es un error, es una injusticia.
Gloria sabía que tarde o temprano José y Yolanda iban a descubrir que seguía viéndose con Virginia.



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