—¿Está bien esto?
Federico asintió.
Gloria iba saliendo con las prendas cuando él añadió:
—Te faltó algo.
Ella se detuvo y bajó la mirada hacia lo que llevaba en las manos.
El clima en Río Alicante era muy caluroso. Camisa, pantalón de vestir y saco... hasta el saco salía sobrando. ¿Qué le iba a faltar?
Lo miró desconcertada.
Federico estaba recargado en el marco de la puerta del vestidor, con los brazos cruzados y una mirada tan intensa que parecía devorarla viva.
Gloria llevaba un maquillaje muy sutil pero elegante, luciendo más arreglada que de costumbre, a diferencia de los días en que solo cuidaba a Lalo en casa.
Él apretó un poco los labios.
—¿Quieres ropa térmica?
Federico se quedó sin palabras.
Al notar su expresión, Gloria guardó silencio.
Incluso en los días más fríos de Belgrano Norte, Federico siempre usaba pantalones normales. Con su rutina de la casa al trabajo y viceversa, nunca necesitaba abrigarse demasiado.
A menos que tuviera algún evento al aire libre con clientes.
¿Entonces no iba a la empresa, sino a otro lado?
¡Pero con el clima de Río Alicante, ni siquiera para estar afuera se necesitaba ropa térmica!
Al ver su expresión de confusión total, Federico tuvo que aclararlo:
—Ropa. Interior.
Gloria se quedó muda. Sintió que las mejillas se le encendían al instante.
—No sé dónde está.
Federico dio un golpecito en el mueble que tenía al lado.
—En el segundo cajón.
Gloria le había sacado la ropa interior a Federico innumerables veces.
Durante sus dos años de matrimonio, ella siempre se había encargado de eso, aunque incluso entonces le daba vergüenza.
Y mucho más ahora.
—¿No puedes sacarla tú?
Federico no se movió ni respondió. Solo la miró con indiferencia.
Como si le estuviera recordando que, después de todo, su ropa había sido arruinada por culpa de Lalo.
Gloria se dio la media vuelta, abrió el cajón, tomó unos calzoncillos al azar y, al salir, los aventó sobre la cama de Federico antes de marcharse a toda prisa.
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