—Perdón, te desperté —se disculpó Gloria—. Supongo que se durmió muy temprano en la tarde; ahorita se despertó y ya no quiere cerrar los ojos.
Se sentó en la cama, a punto de decirle que apagaría la luz para que él regresara a dormir tranquilamente.
Pero Federico se acercó, se inclinó para cargar a Lalo y se dio la vuelta hacia la puerta.
—Duérmete, yo me encargo.
—Oye... —Gloria intentó detenerlo, pero ya era demasiado tarde.
Solo pudo ver cómo Federico se llevaba al niño. Unos segundos después, la luz de la habitación de él se encendió, colándose por la ventana.
La noche anterior, Gloria apenas había pegado el ojo por los nervios de su primer día de trabajo.
Aunque en ese momento sentía que no estaba bien que Federico le ayudara a cuidar a Lalo en la madrugada, el cansancio le ganó a la razón. Se acostó y cayó rendida.
Pero tuvo un sueño. Soñó que Lalo ya era grande y le hacía berrinche porque quería a su papá.
«¿Por qué los demás niños tienen papá y yo no?».
Lalo lloraba a moco tendido. Al despertar, una punzada en el pecho le hizo recordar el sueño con una claridad angustiante.
«Mi amor, no vamos a buscar a papá, ¿sí? Tú creciste todo este tiempo con mamá, estamos muy bien nosotros dos...».
«¡Pero cuando era chiquito sí vivía con mi papá! ¡Él me cargaba todos los días y jugaba conmigo en las noches! Mamá, ¿por qué mi papá ya no me quiere? ¿Hice algo mal? ¿O es que no soy suficiente para él?».
En el sueño, Lalo recordaba su etapa de bebé.
A pesar de que Federico solo había estado con él unos cuantos meses.
Gloria sentía que la cabeza le daba vueltas, sin saber cómo explicarle.
Al final, se despertó sobresaltada, con el llanto desgarrador de Lalo taladrándole los oídos.
Lo real que había parecido el sueño la dejó aturdida durante un buen rato.
Hasta que el sonido del llanto persistió, Gloria reaccionó: el sueño había terminado, pero Lalo estaba llorando de verdad en ese instante.
Apartó la cobija, se levantó de golpe y fue deprisa a la habitación de Federico.
Él sostenía a Lalo con un brazo, mientras con la otra mano sacaba un biberón recién preparado de la máquina y se lo acercaba a la boquita del bebé.
—Ya te despertaste —dijo Federico al verla parada en el marco de la puerta.

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