Gloria dio media vuelta para marcharse.
Al llegar a la puerta, su mirada se detuvo en un par de pantuflas rosas y afelpadas.
Volteó a ver a Jaime. —¿Hay alguien en tu habitación?
—¡No! —Jaime siguió su mirada y mintió rápidamente—: El día que me mudé llegué muy tarde. Fui a comprar unas pantuflas abajo, pero ya no había de hombre, así que me conformé con estas.
Gloria contuvo una sonrisa. La excusa era ridícula, pero tratándose de Jaime, resultaba casi creíble.
Cerró la puerta y se dirigió a su auto para regresar a casa.
Había mantenido a raya a Lucas Mendizábal durante varios días, hasta que, como era de esperarse, él perdió la paciencia y la invitó a almorzar para discutir el acuerdo.
Esta vez, Gloria aceptó.
—Señora Loyola, ¿quiere que la acompañe?
—preguntó Amelia antes de que se marchara.
Gloria negó con la cabeza. —No es necesario, puedo manejarlo sola. ¿Preparaste lo que te pedí?
Amelia le entregó un sobre de papel manila. —Todo listo.
—Después de almorzar con el señor Mendizábal, me iré directo. No hace falta que me esperes, puedes continuar con tus pendientes.
Gloria tomó los documentos y subió al ascensor.
El lugar que Lucas había elegido no estaba lejos del Grupo Larrinaga; apenas a diez minutos en auto.
Cuando Gloria llegó, él ya la estaba esperando, acompañado de la señora Mendizábal.
Ambos lucían impecables y emanaban una profunda elegancia.
Al entrar al privado del restaurante, Gloria vio a Lucas hablando por celular cerca de la ventana.
—Denme esta oportunidad y no los decepcionaré. Descuiden, compartimos el mismo objetivo...


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