Aunque no se parecía físicamente a Federico a simple vista, era innegable que sería un niño muy apuesto.
Cada vez que Gloria miraba a Lalo, sentía que el corazón se le llenaba de calidez. Pero al girar la cabeza y ver a Federico, sus emociones se volvían un caos. Incluso si a primera vista Lalo no era un clon de él, definitivamente tenían gestos similares. Siempre vivía con el miedo de que alguien lo notara.
—Señor, señora, disfruten su almuerzo. Yo me llevaré a Lalo a la sala para que juegue un rato.
Margarita sirvió la comida caliente y empujó el cochecito hacia la sala de estar. Asegurándose de que Gloria no la viera, borró cualquier rastro que evidenciara la reciente visita de Alicia.
Paulina había vuelto al trabajo, por lo que ahora solo Alicia venía por las mañanas a visitar a su nieto. Pasaba medio día entero con él, y Lalo comía, dormía e iba al baño mientras ella lo tenía cargado en brazos. Eso había acostumbrado al pequeño a querer estar en brazos todo el tiempo.
Apenas lo dejaron en el cochecito, empezó a sollozar ruidosamente, inquieto.
A Margarita no le quedó más remedio que cargarlo de nuevo y darle palmaditas suaves en la espalda para calmarlo.
—Como decía la mayordoma... es bueno que los niños lloren un poco, no podemos cargarlo en cuanto suelta una lágrima. Si se da cuenta de que llorar le garantiza que lo carguen, se pondrá más rebelde después.
Gloria, que ya había terminado de comer, dejó los cubiertos y se acercó a la sala. Al ver a Margarita dando vueltas con el niño en brazos, se lo quitó suavemente y lo volvió a poner en el cochecito.
—Eh... —Margarita titubeó—. Eso funciona con los bebés más chiquitos, pero conforme crecen, se vuelven más listos y mañosos.
Tal como lo dijo, apenas Lalo tocó el colchoncito del coche, soltó un grito desgarrador, llorando hasta ponerse rojo.
Era la primera vez que Gloria lo veía llorar con tanta desesperación. Se llevó un buen susto y lo levantó de inmediato.
En cuanto lo tuvo en brazos, la carita de Lalo volvió a su tono natural, dejó de llorar y empezó a mirar a su alrededor con sus grandes ojitos brillantes.
—Qué niño tan manipulador. ¿Apenas te cargo y ya no lloras?
Gloria no pudo evitar fruncir el ceño. —¿Cuándo agarró esta maña?
Pensándolo bien, parecía haber empezado justo desde que ella volvió al trabajo.

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