—¡¿Qué pasó?! —exclamó Alicia, con el corazón latiéndole a mil por hora, mientras se inclinaba a recoger el biberón.
—Señora, es la señorita Orozco —se disculpó el chofer.
Alicia recuperó el biberón y, al girar la cabeza, vio a Irene parada afuera del auto.
—¡Señora Vallejo! ¡Tengo algo muy importante que decirle! Deme solo diez minutos... ¡no, cinco minutos, se lo suplico!
La voz de Irene traspasaba el cristal.
Alicia frunció el ceño con disgusto.
—No le hagas caso, arranca.
El chofer tampoco quería lidiar con ella. Últimamente, las mujeres de la familia Orozco se la pasaban interceptando el auto de Alicia cada dos por tres.
Pero como Irene estaba plantada frente al capó, no podían avanzar.
—¿Qué pretendes? —Al ver que no se movía, Alicia bajó un poco la ventanilla—. ¿Qué más tenemos de qué hablar tú y yo?
Irene, muerta de miedo de que se fueran, se aferró al marco de la ventana con desesperación.
—Es sobre Gloria...
—¡No me interesa! —La expresión de Alicia denotaba fastidio—. Quita las manos de ahí.
—¡No es solo sobre Gloria, también es sobre ese niño! —Irene tiró de la manija de la puerta—. Hay demasiada gente aquí. ¿Me permite subir para contárselo?
La mención de Lalo fue lo único que captó la atención de Alicia.
—¿Qué pasa con Lalo?
—¿Está segura de que quiere que hable de esto aquí en medio de la calle? —insistió Irene.
La entrada de la zona residencial era un hervidero de gente entrando y saliendo.
Alicia dudó unos segundos antes de ordenarle al chofer:
—Quita el seguro, déjala subir.
El chofer obedeció e Irene abrió la puerta al instante, aterrorizada de que Alicia se arrepintiera.

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